Juan Cristóbal Foxley - Seguidores Oficiales: Un truhán, un señor.
Un truhán, un señor.
Debo ser uno de los pocos que ha debido sufrir todo tipo de bromas y agravios en mis teenegers days por gustarle como cantaba Julio Iglesias. Cada vez que íbamos a algún viaje largo con mi rat pack partners yo sacaba mi cassete de “Hey”. Lógicamente, casi me mataban ya que en el camino tenía que competir con Ozzy Osbourne o Kiss.
Tanto me alegra oír a Julio Iglesias y pienso que tal vez esto se deba en parte a la envidia de su lyfestyle, vale decir tener como 300 días de sol, como 8 veranos al año y vivir siempre rodeado de minas buenas en Miami, el paraíso de mi mami.
Ya de grande, descubrí que lo suyo tiene dosis nada despreciables de marketing y control freak de su imagen. Me explico, Julito no deja que le saquen fotos del lado izquierdo y sólo acepta a regañadientes si prevalece un determinado ligthing. Para colmo, su imagen es impensable si no va de la mano de contornos estéticos de luxury o exotic goods. Claro, la gente asocia la belleza del entorno con uno... que fácil ¿no?
El primer triunfo de Julio y “La vida sigue igual” en Benidorm se debió en gran parte a un llamado de Iglesias senior al dictator Franco. De lo contrario, según cuenta la sicóloga de Cambridge, “varios domestic problems de las wifes de sus ministros serían cantados por el dady singer”.
Así que al conocer las claves del “los quiero, los amo, los adoro”, además de su acentito suave, era el enchuche de su papi con Franco. Esta semana a Julito le pillaron pagos no autorizados por Eduardo Zaplana, ex ministro del PP, por 3 millones de Euros. ¿Un regalo por cantar en el weding de la Anita Aznar?, me pregunté inocentemente en una de mis ceremonias. Aunque Julito está feliz, el Hola muestra al hermanito suyo, 60 años menor. El dady singer viagra premium customer fue padre a los 85 años. Salud.
En estas ceremonias kármicas para entender mi destino, yo colocaba una vela, la canción “33 años” o “Soy un señor, soy un truhán” y subrayaba su vida en el libro para luego anotar las semejanzas con la mía. Todo esto, pensando en lo afortunada que es mi vida.
Lo conocí por primera vez en New York, en el Carnegie Hall. Me dio tanta pena verlo... tan amanerado y frágil, flaquísimo, pero todo un experto en el ligthing. Y entonces le copié lo de usar zapatos con suela muy delgada para sentirte pegado al universo, aunque lo de él no era tan poético, sino que eran simples secuelas de su invalidez y los consecuentes dolores de espaldas.
Pero gracias a ese concierto de Julito conseguí mi primer trabajo en Wall Street. Yo estaba bailando “Me va, me va la vida” en primera fila y me acerqué a una morena de 15 añitos, preciosa, vigilada muy de cerca por su mamita riquísima. Bueno la mamita era la trophy wife de uno de los millonarios más grandes de América Latina.
La muñequita le dice: “Mami, ese italiano me está molestando, pero está bueno”. Ese bambino era yo, que lo oí, y como soy “un truhán, un señor” maximicé la oportunidad. Al final terminamos con mi nueva family cenando en el Le Circle de Nueva York. Ahí, mi nuevo padrino -el marido de la trophy wife- me juramentó sobre su champagne Cristal que “Monday I call to Merrill Lynch”... Y se cumplió. Dos meses después estaba instalado en el piso 38 del World Trade Center. Sintiéndome como un Luis XIV en su Versalles del siglo XXI.
Después fui descubriendo que asocio las primeras canciones de Julito -las antiguas de la era premarketing y arreglos tecnológicos- con la etapa en que mi mami estaba en su plenitud. Era una morena preciosa que siempre cuando nos llevaba a la guardería en el auto iba cantando como si se estuviera echando un polvo en el auto con Julito, y nosotros de kinder-vouyers. O Boyer.
La hijastra de la Isabel Presley, Laura Boyer llegó a mi vida por mi amiga Sandra. Esta le vendió el mito de presentarle a un guapísimo latino de Wall Street, con mucha inflación, que era yo en esos tiempos. Laura era hija de Miguel Boyer actual marido de la Presley. Tenía buena delantera aunque estaba un poco gorda. Era economista y directora de cine según ella, pero lo que más me gustaba era que tomaba más que yo. Mientras yo apenas podía con un par de cervezas, ella sin chistar se tomaba ocho whiskys al seco. En el fondo lo hacía para matar el fantasma de la Presley en su vida, y el morbo que ella provocaba en todo el mundo por su famoso daddy.
Hicimos varios panoramas en los que ella siempre estaba cash starving. Un día la invité a mi casa a tomarse unos tragos después de sus múltiples shopping spree en Chopard. Todo iba bien hasta que entró al baño. Mi mamá y mi hermana que estaban de visita en Madrid tras carta de presuicidio mía, habían lavado todos sus calzones que colgaban sobre la bañera. En pocos segundos, Laurita salió arrancando con sus bolsas de Louis Vuitton, nunca más quiso saber de su nueva sudaquita familia. Al tiempo supe que se casó y que tuvo un hijo. Así que Julito cuéntame que otra alegría traerás a mi carretera además de tu CD. Eso que su papito se achinó y ella parece que no quiso nada con los emergings markets.
Tanto me alegra oír a Julio Iglesias y pienso que tal vez esto se deba en parte a la envidia de su lyfestyle, vale decir tener como 300 días de sol, como 8 veranos al año y vivir siempre rodeado de minas buenas en Miami, el paraíso de mi mami.
Ya de grande, descubrí que lo suyo tiene dosis nada despreciables de marketing y control freak de su imagen. Me explico, Julito no deja que le saquen fotos del lado izquierdo y sólo acepta a regañadientes si prevalece un determinado ligthing. Para colmo, su imagen es impensable si no va de la mano de contornos estéticos de luxury o exotic goods. Claro, la gente asocia la belleza del entorno con uno... que fácil ¿no?
El primer triunfo de Julio y “La vida sigue igual” en Benidorm se debió en gran parte a un llamado de Iglesias senior al dictator Franco. De lo contrario, según cuenta la sicóloga de Cambridge, “varios domestic problems de las wifes de sus ministros serían cantados por el dady singer”.
Así que al conocer las claves del “los quiero, los amo, los adoro”, además de su acentito suave, era el enchuche de su papi con Franco. Esta semana a Julito le pillaron pagos no autorizados por Eduardo Zaplana, ex ministro del PP, por 3 millones de Euros. ¿Un regalo por cantar en el weding de la Anita Aznar?, me pregunté inocentemente en una de mis ceremonias. Aunque Julito está feliz, el Hola muestra al hermanito suyo, 60 años menor. El dady singer viagra premium customer fue padre a los 85 años. Salud.
En estas ceremonias kármicas para entender mi destino, yo colocaba una vela, la canción “33 años” o “Soy un señor, soy un truhán” y subrayaba su vida en el libro para luego anotar las semejanzas con la mía. Todo esto, pensando en lo afortunada que es mi vida.
Lo conocí por primera vez en New York, en el Carnegie Hall. Me dio tanta pena verlo... tan amanerado y frágil, flaquísimo, pero todo un experto en el ligthing. Y entonces le copié lo de usar zapatos con suela muy delgada para sentirte pegado al universo, aunque lo de él no era tan poético, sino que eran simples secuelas de su invalidez y los consecuentes dolores de espaldas.
Pero gracias a ese concierto de Julito conseguí mi primer trabajo en Wall Street. Yo estaba bailando “Me va, me va la vida” en primera fila y me acerqué a una morena de 15 añitos, preciosa, vigilada muy de cerca por su mamita riquísima. Bueno la mamita era la trophy wife de uno de los millonarios más grandes de América Latina.
La muñequita le dice: “Mami, ese italiano me está molestando, pero está bueno”. Ese bambino era yo, que lo oí, y como soy “un truhán, un señor” maximicé la oportunidad. Al final terminamos con mi nueva family cenando en el Le Circle de Nueva York. Ahí, mi nuevo padrino -el marido de la trophy wife- me juramentó sobre su champagne Cristal que “Monday I call to Merrill Lynch”... Y se cumplió. Dos meses después estaba instalado en el piso 38 del World Trade Center. Sintiéndome como un Luis XIV en su Versalles del siglo XXI.
Después fui descubriendo que asocio las primeras canciones de Julito -las antiguas de la era premarketing y arreglos tecnológicos- con la etapa en que mi mami estaba en su plenitud. Era una morena preciosa que siempre cuando nos llevaba a la guardería en el auto iba cantando como si se estuviera echando un polvo en el auto con Julito, y nosotros de kinder-vouyers. O Boyer.
La hijastra de la Isabel Presley, Laura Boyer llegó a mi vida por mi amiga Sandra. Esta le vendió el mito de presentarle a un guapísimo latino de Wall Street, con mucha inflación, que era yo en esos tiempos. Laura era hija de Miguel Boyer actual marido de la Presley. Tenía buena delantera aunque estaba un poco gorda. Era economista y directora de cine según ella, pero lo que más me gustaba era que tomaba más que yo. Mientras yo apenas podía con un par de cervezas, ella sin chistar se tomaba ocho whiskys al seco. En el fondo lo hacía para matar el fantasma de la Presley en su vida, y el morbo que ella provocaba en todo el mundo por su famoso daddy.
Hicimos varios panoramas en los que ella siempre estaba cash starving. Un día la invité a mi casa a tomarse unos tragos después de sus múltiples shopping spree en Chopard. Todo iba bien hasta que entró al baño. Mi mamá y mi hermana que estaban de visita en Madrid tras carta de presuicidio mía, habían lavado todos sus calzones que colgaban sobre la bañera. En pocos segundos, Laurita salió arrancando con sus bolsas de Louis Vuitton, nunca más quiso saber de su nueva sudaquita familia. Al tiempo supe que se casó y que tuvo un hijo. Así que Julito cuéntame que otra alegría traerás a mi carretera además de tu CD. Eso que su papito se achinó y ella parece que no quiso nada con los emergings markets.

