REVISTA CONEXIONES: ¡Quiero más! Consumismo impulsivo

¡Quiero más! Consumismo impulsivo

Cuando mi abuelo vino de Italia al término de la Primera Guerra Mundial, desembarcó en el puerto de Buenos Aires como Napoleón (con una mano atrás y otra adelante). Sin embargo, nada de esto le impidió que con mucho esfuerzo saliera adelante. Y gracias a su dedicado trabajo, logró consolidarse económicamente en un país muy lejano a su tierra natal de la que luego partiera el resto de su familia para radicarse definitivamente en la Argentina. En ese entonces no había celulares ni cámaras digitales, y unos pocos disponían de teléfonos de línea y televisores en sus hogares. Es más, la radio era un artículo de lujo exclusivo de las familias pudientes. Y las únicas aspiraciones de los jóvenes de esa época, era acceder a los pantalones largos y a la llave de su casa cuando cumplían la mayoría de edad.
Un siglo más tarde, la tecnología ha avanzado tanto que a diario aparecen novedosos artículos que hacen parecer obsoletos a los modelos anteriores. Mientas que los medios masivos de comunicación bombardean la mente de los consumidores, con sus tentadoras propuestas ofreciendo el “último grito de la moda” de la era digital.
Frente a esta vorágine comercial, las nuevas generaciones se encuentran ante un campo de batalla minado por jugosas oportunidades imposibles de desaprovechar que ponen en peligro su modesta billetera. Teniendo que romper más de una vez la alcancía del hermanito, para hacerle frente a las deudas que generan sus compras compulsivas. Porque como decía un slogan de una reconocida tarjeta de crédito, “pertenecer tiene sus privilegios”. Y si no logro tener aquello que todos quieren, y en definitiva tienen, puedo llegar a caer en la trampa de pensar que la vida no tiene sentido. De estos y otros tantos conceptos que surgirán más adelante relacionados con la oferta y la demanda, es el objetivo central de este informe.

¡Quiero lo nuevo y lo quiero ya!
Por lo general se suele escuchar que una imagen vale más que mil palabras. Y precisamente de este recurso se vale la publicidad, para lograr imponer un producto en la mente del consumidor. De este modo, las marcas muestran situaciones ideales con las que asocian su producto a fin de provocar en las personas el deseo de comprarlo. Esto es muy efectivo en los niños, que enseguida quieren adquirir las figuritas o el juguete que acaban de ver en el aviso publicitario de TV. Pero esta fórmula también resulta eficaz en jóvenes y adultos, que pronto se tragan el señuelo de las grandes corporaciones y salen en busca de ese preciado objeto víctimas del deseo consumista que los gobierna.
Esta detractora sensación que sienten miles de personas al ver la mercancía de sus sueños, me recuerda a un viejo comercial de un jugo en el que aparecía un niño malcriado que le exigía a su sirviente: “¡Quiero más!” Muy similar es el impulso descontrolado que corre por las venas del consumidor compulsivo, que no puede vivir si no consigue aquello que acaba de salir a la venta.
Y como esta clase de consumidores sigue creciendo día a día, en la misma proporción aumentan las ofertas por cable y televisión abierta a través de audiciones que se dedican específicamente al telemarketing. Es decir, promocionan sus ofertas por TV que pueden ser compradas telefónicamente a través de una tarjeta de crédito. Siendo “Spayette” una de las compañías pioneras en este rubro, con sus ya consolidadas frases: “¡Llame ahora!” o “¡llame ya!”

Tecnología de punta
Aunque este fenómeno no solo se limita al deseo enfermizo que presiona en la voluntad del comprador compulsivo. Porque el ritmo indiscriminado en el que salen a la venta los productos tecnológicos, también atenta contra la integridad del consumidor. Desde celulares con GPS e Internet, pasando por cámaras digitales de ultra definición, siguiendo por diminutas computadoras portátiles, pasando por plasmas de enormes dimensiones, consolas de juego de última generación, equipos de audio que incluyen mp3 y conexiones USB o monitores táctiles. Sin duda, estas y otras tantas invenciones de este siglo hacen titubear hasta al más cauto comprador.
Producto de esta vertiginosa era cibernética, son los “techies”. Personas que tienen un obsesivo interés por la tecnología, particularmente ordenadores y artículos relacionados con las telecomunicaciones, que cuentan con publicaciones especializadas para mantenerlos actualizados. En nuestro país, uno de los personajes que pertenece a esta casta de fanáticos es el conductor Mario Pergolini, quien en más de una oportunidad, hizo pública su afición por los nuevos aparatos de telefonía móvil. En particular, cuando apareció el Nokia N95, al mostrar que cambió su anterior modelo de celular por uno de última generación (con conectividad inalámbrica a Internet, cámara de fotos de alta definición, 8 GB de memoria interna y GPS). Si los hay famosos, cuántos más habrá entre los simples mortales que caminan a nuestro lado por las calles de la gran ciudad ávidos de hallar alguna novedad tecnológica que los deslumbre.

La vida en módicas cuotas
Si bien la mayoría de la información comúnmente nos llega a través de la TV, todos los días aparecen por debajo de la puerta de casa cantidad de publicaciones de hipermercados y casas de artículos hogareños promocionando sus ofertas del mes. Allí aparecen toda clase de objetos electrónicos, tanto electrodomésticos que son necesarios para la vida corriente como elementos suntuosos de relativa utilidad. Aunque todos sin distinción, pueden ser adquiridos por cualquier hijo de vecino en módicas cuotas mensuales. Ya sea través de tarjetas de crédito o por medio de créditos personales. Así hasta el producto más caro puede resultar accesible a cualquier bolsillo, acomodando sus gastos conforme a su propia economía.
En este aspecto, existen personas muy precavidas que llevan un minucioso detalle de las compras que realizan a pagar. Y de este modo, mantienen un cuidadoso control de sus finanzas. Pero también las hay, que se endeudan a futuro sin considerar si sus posibles ingresos alcanzarán para cubrir esos gastos. Entonces disfrutan de la satisfacción del momento al comprar aquello que tanto anhelaban, hasta que llega el resumen de la tarjeta y se agarran la cabeza porque no saben de dónde sacar la plata para hacerle frente aunque sea al pago mínimo. Y si logran pagarlo, el resto se acumula con intereses y recargos junto con las compras del próximo ciclo. Haciéndose una bola muy difícil de parar. Que llega a su punto final, en la inhabilitación del plástico y la aparición en la lista negra del sistema bancario como persona no grata. Además de los molestos llamados constantes, que los deudores reciben de parte de los estudios jurídicos encargados de cobrar la deuda que muchas veces como último recurso suelen embargar los sueldos. Todo por querer tener esa Blackberry tan sofisticada.

Yo quiero ser del jet set
Vale aclarar que para tener aparatos costosos, no necesariamente hay que pertenecer a una elevaba clase social. Porque el mercado de consumo tampoco discrimina, ya que con solo reunir el dinero vasta para que tanto ricos y pobres, blancos y negros, gordos y flacos, jóvenes y viejos puedan acceder al artículo de preferencia. O en su defecto, como hemos visto anteriormente, disponer de una tarjeta de crédito o recibo de sueldo para endeudar su porvenir.
No obstante esto, existe una falsa concepción en la mente de muchos chicos que confunden tener estos artefactos como sinónimo de prestigio ante los demás. Entonces creen que por hablar con un celular que vale más de mil pesos o porque tienen la nueva consola de video juegos, son más importantes que aquellos que no lo tienen. Cuando en realidad, la gente no vale por lo que tiene sino por lo que esencialmente es. Pues uno no se “cotiza” socialmente porque tiene tal o cual cosa; es valorado por la clase de persona que muestra ser en la vida real. Y aunque todavía persista ese falso ideal de “cuanto más tenés, más vales”, todos sin excepción sabemos quienes en verdad somos cuando estamos a solas con nosotros mismo.

Estemos contentos
Esa perspectiva materialista de la vida que centra su mirada únicamente en las posesiones, es la que hace que las personas no estén conformes con lo que tienen y salgan enloquecidos a comprar aquello que quizá no sea tan necesario para su diario vivir. Sin embargo, el apóstol Pablo, hombre que supo pasar por todas las condiciones sociales, dejó la siguiente reflexión para la posteridad: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”. Sí, alguien que experimentó la cumbre de la abundancia siendo un alto funcionario del ejército romano y que también supo ganarse la vida construyendo carpas, nos legó ese pensamiento como parámetro para nuestras vidas.
Porque como decía el Maestro, la vida es mucho más que la comida y la vestimenta y trasciende cualquier efecto personal que uno pueda adquirir para pretender mejorar su calidad de vida. Pues cuando estas cosas se rompen o pierden su encanto con el correr del tiempo, aún persisten aquellas cualidades tan necesarias como la fe, la esperanza y el amor. Que son los pilares fundamentales para permanecer en pie, en medio de una sociedad consumista que cae rendida a los pies de la tecnología. En lugar de servirse de ella, para disfrutar de todas las riquezas hermosas que nos ha regalado Dios para que disfrutemos. Da para pensar.

Marcelo Bellotta
Conexiones Edición Nº29

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