[Reflexiones en torno de la lectura de Bitácoras de soledad, de Héctor Domingo]
«Para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos.» La declaración de Oscar Wilde con que inicia el libro, y que Héctor Domingo utiliza de epígrafe, es sin duda una clave para comprender la poética y el impulso que aparecen como telón de fondo en cada una de las siete historias que conforman Bitácoras de soledad.
Si la única vida verdadera es la que no vivimos, ¿quién la vive por nosotros? Así, desde el principio de la lectura, Bitácoras de soledad se propone a sí misma como una reflexión de la existencia, pero de un existir en el que lo existente se formula como un fenómeno ajeno, como ficción.
Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha meditado acerca de la realidad, lo existente, la vida, su propia existencia y si hay algo más allá del mundo físico; a lo largo de la historia hemos derivado entre el ser y la nada, entre la vida interna y el tiempo, entre lo que consideramos real y lo que nos parece fantástico; estas reflexiones son constantes y han generado grandes movimientos del pensamiento. A partir del día en que el cerebro pudo abstraer el mundo, los hombres existimos entre lo tangible y lo intangible, lo posible y lo verdadero, lo racional y lo irracional, la lógica y los sueños, y experimentamos con la misma constancia toda clase de incertidumbres, principalmente la del miedo a la muerte, registrado ya en el poema babilónico Gilgamesh —hasta hoy el libro más antiguo de la humanidad.
Como parte de su naturaleza, el hombre se ha formulado algunas preguntas fundamentales, pero al no hallar una respuesta del todo provechosa o satisfactoria recurre a la imaginación; también a otros medios de percepción que efectivamente están más allá del pensamiento. La síntesis de este camino va desde las visiones religiosas de India, el Tao originado en China, las cavilaciones presocráticas sobre el ser, el cristianismo y el budismo —uno en busca de la salvación, el otro en unión con el silencio—, pasando por la idea, para mí falsa, de la supuesta supremacía de la razón, sembrada por Descartes, y de ahí a las metafísicas de Kant, Nietzsche y Heidegger, el existencialismo, el nihilismo, incluso el surrealismo, hasta nuestro ahora, en el que prevalece la falta de dios y de todo punto de referencia, esta pérdida de toda seriedad y de todos los valores, tan propia de la torpemente llamada posmodernidad.
No es sorpresivo sino comprensible y hasta consecuente que tras la oración de Oscar Wilde aparezca otra frase-clave como columna vertebral de Bitácoras de soledad: «Cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño.»
El hombre ha procurado para sí, para su tranquilidad, un conocimiento que quisiera absoluto del silencio que lo rodea. Empezó por estudiar las estrellas, luego el mundo que habitaba, y por último el mundo que lo habita. Es curioso que no hubiera comenzado por aquello que tiene más cerca: a sí mismo. Con el paso de los siglos ya no miraba estrellas sino sistemas solares, ya no se concentraba en el valle o en el bosque sino en árboles y en hojas para clasificarlas, ya no veía a los otros hombres como parte del paisaje sino los órganos dentro del cuerpo humano. De la materia pasó a la célula, a los quarks, a los taquiones, y de ahí a la energía y a la nada.
En nuestros días padecemos esa histeria colectiva por el reduccionismo y la especialización; el médico ya no sabe curar un cuerpo cuyo funcionamiento se rige por un orden implicado en su totalidad biológica, ahora existen diferentes clases de médicos, entendidos en el hígado, las venas, el corazón, en un dedo, la uña, como si el cuerpo humano no fuera una unidad indivisible en su funcionamiento para la vida. Esto mismo pasa con nuestra manera de percibir el mundo en el que vivimos. Vemos el árbol, pero no tomamos en cuenta el bosque. Igual ocurre con los astrónomos, en realidad con casi todos los quehaceres que realiza el hombre: mira un fragmento de la realidad y de la vida olvidándose del conjunto, como si vivir fuera un rompecabezas del que hay que ir juntando las piezas en el camino.
La vida es una sola, lo afirmo contra Oscar Wilde y contra toda esa absurda confusión divisoria; la vida, repito, es un único movimiento, que incluye el hecho de la muerte. Al colocarnos las anteojeras laterales del conocimiento limítrofe, hemos perdido de vista la totalidad de la vida, y algo más grave: no sólo caímos ya en el pozo de la especialización y el funcionalismo, sino en el olvido del ser.
De ahí que me guste lo que se insinúa como telón de fondo en Bitácoras de soledad, donde Jan Caballero, narrador y personaje central de esta novela escrita en siete cuentos, más que ir en busca de una ficción que le aguarda como única y posible realidad, se topa con su propio destino, o, como diría Ernesto Sabato, con su fatalidad, en tanto que la fatalidad es un hombre en busca de su propio destino.
El libro inicia con una posdata, como si Héctor Domingo quisiera llevarnos al escenario por la puerta trasera. Esto me hace pensar en que Héctor no desea para su obra espectadores pasivos, sentados cómodamente en sus butacas, delante de las escenas y lejos de los hechos. Los quiere en escena, y para ello busca que el lector participe como parte de la experiencia humana que va a relatarnos.
Sería un abuso de mi parte, contra el libro y contra el propio Héctor, si me pusiera a contar aquí los siete movimientos de la historia; insisto, no siete partes aisladas sino siete notas que forman un solo acorde. Baste con que el lector por venir sepa que Bitácoras de soledad es un valle compuesto de siete montañas, y que el libro va a mostrar el paisaje completo en siete fotografías, para que veamos en ellas, al final de la lectura, el conjunto del horizonte como una totalidad.
Héctor Domingo ha practicado en su primer libro un estilo cuya base es la sencillez; la historia que narra por medio de Jan Caballero se apoya en estos siete trazos dibujados con igual sencillez, con un dejo de candor e inocencia. Algunas veces podremos adivinar el final de algunas de estas historias breves, pero es sólo cuando recorremos las siete puntadas del bordado que podemos apreciar la única figura que contiene el tejido, figura que se revela o que se delata en el último tramo del volumen, titulado «El Zoológico Fantástico».
El impulso que mueve los hilos del drama narrado es el de la búsqueda y el enfrentamiento con una libertad que hoy nos parece tan poco probable que terminamos considerándola una ficción, como si decir «libertad» no fuera más que una ficción en espera de su legítimo dueño. Hay en estas páginas el entendimiento de una confusión, la del mundo mismo, sumido en un pozo sin agua que llamamos soledad o aislamiento, pero que no deja de ser una soledad violada por el pozo mismo. No veo soledades terribles ni comunicaciones frustradas en esta historias; veo, sí, la necesidad de un autor por describir el mundo una vez que ha empezado a asomarse fuera del pozo. Los personajes aparecen y desaparecen como ocurre cuando viajamos a bordo de un autobús o de un vagón de tren, tal y como sucede en la vida misma. Jan Caballero los capta, los registra, los describe, los identifica para componer el tablero del aislamiento en que se ve envuelto. Parece ignorar que, al haber salido del pozo, o en este caso de la zanja donde cae una ambulancia en el primer cuento, ha conseguido por primera vez mirar con los ojos de quien está en verdadera soledad: alone, all one, el todo en lo uno.
Héctor Domingo ha logrado en su primer ejercicio de escritura un estilo literario limpio, directo, entusiasmado por la belleza que las palabras procuran; me recuerda aquellas literaturas hoy poco frecuentadas, como la del francés Georges Duhamel, que a través de diarios o falsos diarios buscan mostrar con inocencia prístina, con amorosa candidez, la existencia de un hombre, o la de un grupo de seres humanos cuyo único propósito es vivir una vida, la suya propia, y que, en el esfuerzo, se enfrentan con un entorno, por momentos cómico, por momentos hostil y voraz, que también busca su lugar en la existencia, y que los sumerge en la sensación de estar experimentando una soledad colectiva. Por medio de personajes a veces entrañables, a veces desesperantes, Héctor Domingo nos regala en Bitácoras de soledad el dibujo de la vida tal y como lo haría un niño.
Texto leído durante la presentación de Bitácoras de soledad en la FIL-Guadalajara, el día 4 de diciembre de 2009 por Cosme Álvarez.
Se incluyen a continuación algunos fragmentos del texto que el escritor Francisco Guzmán leyó para la presentación en Arandas, Jalisco, México, del libro Bitácoras de Soledad, de Héctor Domingo; texto que luego fue publicado en el periódico NotiArandas el día 1 de Julio de 2009.
“Bitácoras de Soledad”, me parece una obra cuya estructura presenta cierta complejidad. No cuenta una historia lineal. Normalmente, para subir a un árbol habría que treparse por el tronco y así, hasta llegar a la cima. Pero en el caso de la obra de Héctor Domingo, tuve que andar por las ramas, tumbando nidos y con riesgo de sufrir descalabro. Así que para entender y disfrutar estos relatos bitacorescos, hube que procurar anclar antes la cordura al costado de una silla. Y es que existen conexiones de sentido, al principio y al final de cada texto, que luego hay que relacionar, para así poder desenredar la trama. Afortunadamente encontré en Bitácoras de Soledad, esta magia que necesitaba.
En las páginas de este libro; un tanto indócil, como dije, observo un ágil y preciso manejo del lenguaje y de los diálogos, muy propio de un escritor que ha perseverado en el oficio. Se vislumbra en el estilo literario de Héctor, una precisión descriptiva, usando un español universal, carente de localismos. Son relatos que, oscilan entre el sobresalto y el suspenso, y logran mantener una atmósfera de misterio; no exenta de un particular toque de humor.
Me llamaron particularmente la atención los personajes que aborda Héctor. Son entidades humanas impulsadas por la obsesión de huir, ¿Huir de qué? Al encuentro con el destino. Coexisten los personajes en la realidad, aguijoneando sus zapatos o su interior, -lo mismo da-, transitando los márgenes de la locura, donde la conciencia agenda citas con el psiquiatra.
¿De qué secreto closet habrá sacado Héctor, los personajes que pueblan los cuentos de Bitácoras de Soledad? Ahora que los he leído, los he hecho míos, yo soy ellos.
Quiero imaginar que estos ficticios personajes, a fin de contarnos su historia, requerían desesperadamente de un autor, y no sé por qué azares, debía ser justamente un arandense. Así funciona esto. Ya que, como dice Héctor, en boca de uno de sus personajes: “cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño.”
http://www.notiarandas.com /escriben/?autor=fraguz
“Bitácoras de Soledad”, me parece una obra cuya estructura presenta cierta complejidad. No cuenta una historia lineal. Normalmente, para subir a un árbol habría que treparse por el tronco y así, hasta llegar a la cima. Pero en el caso de la obra de Héctor Domingo, tuve que andar por las ramas, tumbando nidos y con riesgo de sufrir descalabro. Así que para entender y disfrutar estos relatos bitacorescos, hube que procurar anclar antes la cordura al costado de una silla. Y es que existen conexiones de sentido, al principio y al final de cada texto, que luego hay que relacionar, para así poder desenredar la trama. Afortunadamente encontré en Bitácoras de Soledad, esta magia que necesitaba.
En las páginas de este libro; un tanto indócil, como dije, observo un ágil y preciso manejo del lenguaje y de los diálogos, muy propio de un escritor que ha perseverado en el oficio. Se vislumbra en el estilo literario de Héctor, una precisión descriptiva, usando un español universal, carente de localismos. Son relatos que, oscilan entre el sobresalto y el suspenso, y logran mantener una atmósfera de misterio; no exenta de un particular toque de humor.
Me llamaron particularmente la atención los personajes que aborda Héctor. Son entidades humanas impulsadas por la obsesión de huir, ¿Huir de qué? Al encuentro con el destino. Coexisten los personajes en la realidad, aguijoneando sus zapatos o su interior, -lo mismo da-, transitando los márgenes de la locura, donde la conciencia agenda citas con el psiquiatra.
¿De qué secreto closet habrá sacado Héctor, los personajes que pueblan los cuentos de Bitácoras de Soledad? Ahora que los he leído, los he hecho míos, yo soy ellos.
Quiero imaginar que estos ficticios personajes, a fin de contarnos su historia, requerían desesperadamente de un autor, y no sé por qué azares, debía ser justamente un arandense. Así funciona esto. Ya que, como dice Héctor, en boca de uno de sus personajes: “cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño.”
http://www.notiarandas.com
Esta es una traducción al inglés de un fragmento del libro Bitácoras de Soledad, de Héctor Domingo, realizada por el Dr Christopher Rollason, Metz (Francia ) - [Walter Benjamin Research Syndicate]
Publicada en: PROSOPISIA, An International Journal of Poetry & Creative Writing
Vol. II Nº 1, Winter 2009
Ajmer, (INDIA) -
Publicada en: PROSOPISIA, An International Journal of Poetry & Creative Writing
Vol. II Nº 1, Winter 2009
Ajmer, (INDIA) -
BONFILIO
7 September
“Why are you taking it if it’s not for you?”, the sweeper asked me that evening in the little square. The sun was already hiding itself and the wind had blown towards me a leaf of paper, old-fashioned in appearance and delicately handwritten.
“Is it yours?”, I asked him in surprise. He came up to me to take it away from me suavely, then raised his arm to the sky and let it float away after the first gust that rose up with sufficient strength.
“That letter’s not for you – or me either”, he said as if apologetically. Then he withdrew to carry on with his labours, while the piece of paper flew on, down the street and towards the ocean.
I went after the man with my uncertainties and he responded by pointing towards an old house situated uphill. There at the balustrade was a woman in a gala dress.
“Every day she throws her letters out into the wind”, murmured the sweeper without interrupting his work. “She always writes exactly the same appeal, nothing changes but the date and –.” Then he stopped unexpectedly, as if reflecting – to turn his face round to regard me and, finally, ask me: “I take it you’re not Bonfilio?”
I didn’t know what to reply. Instinctively I ran off in the hope of catching the letter, but it had flown out of my grasp.
8 September
I’m only passing through, here to take representative photos of the place. They tell me this town is becoming something of a tourist spot and I’ve been asked to produce postcard images as soon as possible.
Bonfilio – what a name! It must have been the first that came into my mother’s head. They say she left me right after I was baptised. If she’s still alive, maybe she asks after me, maybe she too launches her letters into the wind like the woman at the balustrade. That bizarre old lady, wrapped in her gala dress, throwing out appeals in writing. I’d like to see her from close up ... maybe tomorrow before I leave. Even so, let me make it clear: I didn’t come here to fight with false illusions; there are a lot of us Bonfilios, and a lot of mothers who abandon their offspring too.
9 September
I tried my best not to think of her. I finished taking the remaining photos, packed up my luggage and, finally, ended up staying another night in the town. Is the old lady ill? This evening she didn’t appear to send out her letter. Balustrades are dangerous, people can fall. I should have captured her image that evening when the sweeper pointed her out. Ayy, you sluggard of a photographer! Neither light nor distance would have been at their best, but I would have appeased this annoying sensation I’m feeling now.
When I was small I used to observe people in groups. I would memorise each detail of their features, their clothes, their movements – especially ladies. I never said goodbye to the hope that in the middle of some crowd I might some day come to ‘recognise’ my mother. Afterwards, I became a photographer. The task of observation was simpler on an amplified, static image: it was like holding up a large shard of time with just two fingers. Besides, everyone saw my attachment to the camera as a straightforward case of genetics – my mother too, they say, at some time in her life was one of those who spend their time behind the lens – and so I never felt obliged to tell them the true reason for my choice of occupation.
Tomorrow I’ll go to the old lady’s place, and after I’ve taken a few photos of her I’ll leave for the city. There’s work to be done fast.
12 September
I’ve been stuck in this joint for several days now, trying to investigate the old lady. In the hotel they’ve started giving me suspicious looks; if there’s anything more they know, they’re not going to tell me now.
First thing was to go to the woman’s place: I knocked long and loud, but no answer. I got desperate and insisted even more: I kicked up a fuss that frightened the neighbours, but all I could get out of them was that she’d gone away and told no-one when she would be back. Then I looked for the sweeper, but he had nothing to add to what he’d already told me. “I don’t even know her name”, he declared with emphasis, “though round here we know her as Doña Soledad”. Soledad. Solitude. “Could there be a better name for a woman who’s always lived alone?” No-one knew a thing, and, to cap it all, I’ve had a message from the municipal council telling me to speed up and get my work finished: if not, my contract will be cancelled.
They’re pressing me to leave: but how can I leave like that, without photographing her, without so much as seeing her again? They don’t realise that all I need is one instant, one click.
15 September
I prepared the tripod and a couple of telephotos. For the last three days I’ve been camping out on the flat rooftop of the cheap hotel, and since then I’ve been targeting my camera on the surroundings all the time. If the old lady is still living at her place, I’ll know at whatever moment, and if she’s gone for good all I have to do is be patient; the people we most desire to see don’t stay away for long, they say, unless they can’t come back again.
It doesn’t surprise me that the municipal council has decided to cancel my postcard contract, and nor do I care any more. Nor do I care about the lack of money (a rooftop isn’t a room that has to be paid for, whatever the hotel folk may maintain). If you throw me out I’ll have the photos ready, I’ll make waves and create a scandal! – so I’ve warned them more than once, but they won’t be intimidated so easily.
16 September
It looks as if I’m finally going to be left in peace, for two or three days anyway. The tourists are beginning to arrive and everyone in the hotel looks pretty busy. This afternoon there was a big procession: crowds, bunches of faces and silhouettes which I broke into fragments with every one of my clicks. During the day I make the takes and at night I review them one by one with the electronic viewer. I should delete some – too dark or out of focus – but I don’t dare, just in case one of the faces might be that of the old lady I seek. Has she returned already without me knowing? I have to look at the images more carefully. I need to get something to eat, too. The hotel folk have locked the doors to make sure I can’t get into their larder, but never mind that. I can go on drinking water from the tanks and I can even take a bath.
Soledad, solitude - could there be a better name for a woman who’s always lived alone? – that was what the sweeper said. Coincidences happen, for better or worse: my mother was called Soledad too.
19 September
I didn’t wanted to raise false hopes this morning over the piece of paper that arrived floating over the branches of the trees. It could have been any waste paper, any fragment of a newspaper; but the wind insisted on blowing in the opposite direction, as if just for today it had decided to steal back from the ocean all it had been giving it before. “Damn it!”, I muttered. I called for them to open the doors for me so I could get down. The hotel folk looked at me as if jestingly, and said: “at last the gentleman is leaving us”!
I rushed to the park. The wind had died down, there was nothing on the tree-branches – no trace of any piece of paper, nothing on the ground either. I collapsed on to a bench, exhausted, while some way off the sweeper greeted me with a smile. Another sunset: still the house was deserted. And then I heard a whistling sound.
In a few seconds the man had reached my bench, and in accents shot through with agitation said: “I don’t know how it happened, but this one never got to the sea ... it looks like it was for you after all”. His hand held out the letter, stained here and there but still in one piece. I took it. I recognised the date at the top: 7 September.
“I was wrong, too, when I told you I was sure this letter would be just like all the rest”, said the sweeper shamefacedly as soon as he’d passed it me to read. “The old lady signed this one with her real name”.
I looked up in surprise: “Her real name?” The sweeper nodded emotively, and yet I started feeling that all the exhaustion that had built up in me over the last few days was suddenly falling with all of its weight on to my shoulders. If the woman wasn’t called Soledad, well ...
“Look, I’m not that Bonfilio”, I said as I returned the letter to his hands. The man saw my disappointment and for an instant seemed to doubt his ears, but finally went his way. I watched as in the distance he held out his arm as if appealing for a gust of wind to blow that delusive scrap of paper out of his fingers. And then came doubt, a pressing doubt - “Wait! Wait!”: I shouted, trying to stop him with my voice as I rushed back to catch him. “Wait”, I said one more time, but now without enthusiasm. “Tell me, what is her name then, that woman who’s always lived alone?”
“Esperanza”, he replied at once. Esperanza. Hope. “That’s the signature on the letter”.
28 September
Things have gradually returned to their usual course since I came back to the city, though my camera is still buried in a drawer of my desk. There are no oceans here, only steel and concrete, but there are evenings when I am visited by memories of Esperanza. They come blown on the wind with the swallows, murmuring that maybe the old lady is still there at her balustrade, or perhaps at someone else’s, but still alone. Alone in her gala dress. And then I get out the notebook to send her a few phrases of consolation. I tear out the leaf and stretch out my arm from up there, among the breezes with the words that hang from them:
Esperanza: the people we most desire to see don’t stay away for long,
unless they can’t come back again.
© Héctor Domingo 2007 http://www.hectordomingo.c
Traducción: Dr Christopher Rollason:
http://christopherrollason













