LA BELLA Y LA PENDEJADA
Bárbara Morales·Wednesday, July 5, 2017
De vez en cuando me da por ver las fotos de los cumples de mi amigo Alberto. No importaban en absoluto su frondosa barba, ni sus fuertes brazos… nunca vi a un tipo tan hermoso vestido de princesa. Él siempre quiso ser Bella, la pura y bondadosa princesa Disney que encuentra el amor en un man feísimo que al final le duele la cara de ser tan guapo. No estoy segura de si se fabricó tremendo vestido amarillo porque se identificaba con las cualidades de este personaje de la fantasía o simplemente porque era de los pocos favorecidos a los cuales no se aplicaba el “el que se viste de amarillo, a su belleza se atiene” (no rima pero es verdad, créanme).
De todos modos, su sonrisa no daba lugar a dudas. Su pareja en aquel entonces se disfrazó de príncipe, claro, pero no de bestia.
Recientemente leí un post en facebook de una amiga de una amiga de una amiga en el que decía que hay “mucha vida para la realidad y poca niñez para la magia”, así que no había nada de malo en que las niñas soñaran con ser princesas ya que, al fin y al cabo, con el tiempo se volverían realistas y no odiarían a los hombres si no se portaban como príncipes. Al terminar de leer, tuve ganas de mirar a mi yo feminista pleno de argumentos y decirle: “Ey, tranquila, la magia de la niñez se queda en la niñez”. Pero no pude, me acordé de Alberto. Me acordé de todas las veces en que los chicos guapos del colegio se iban con las chicas guapas. Recordé que pasaba el tiempo y no me volvía linda, pero me esforcé por convertirme en una mujer capaz, sabia y fuerte. Por supuesto, llegué al punto en mi razonamiento en que extrañamente la belleza era un adjetivo que no parecía tener nada que ver con ser inteligente, autosuficiente, ni bien puesta (como dicen las tías que no quisieron ser suegras).
Lo siento, no hice ninguna encuesta a un grupo significativo de manes ni viejas para que definieran realmente qué es la belleza. Pero he vivido algo (y ustedes también) y creo que tenemos idea de algunas cosas:
1. La belleza es algo así como una cualidad única y perfecta que ni idea qué carajos es exactamente.
2. Si la belleza no está ahí, para verla de una, hay que descubrirla.
3. Y que cuando la descubramos, va a ser tal y como la imaginamos.
La gente de Disney nos muestra que la Bella de amarillo es capaz de amar a este tipo feo, precisamente porque es bella. También vemos que este tipo se vuelve feo como resultado del castigo de una bruja por no alojarla en su castillo. En resumen, por mala persona. No hay que ser Umberto Eco o un investigador cienciasocialoso para darse cuenta de que aquí se cumplen aboslutamente todos los patrones de pensamiento que llevan a la pendejada de creer que la persona que quiero (que tengo al lado/que es mi pareja pero no le digan…no vaya y sea se entere) tiene cualidades que uno solito se imaginó cuando desde tierna edad empezó a construir eso de lo bello, como lo que yo quiero, como lo perfecto para mí.
Cuando no vemos a las personas como lo que son, seres con características que vemos como cualidades y defectos con las cuales podemos maravillarnos, disfrutar y aprender; y en lugar de eso, pretendemos ver lo que no hay o encajar al otro en nuestros ideales de cómo debe ser ese otro para mí, empiezan los problemas. Y los culpables son los demás, por no llenar nuestras expectativas y los malos y feos son los otros con los que me meto porque no llenan los pantalones de mi príncipe (ese que exteriormente se comporta como un patán pero en el fondo es solo belleza y perfección, solo que hay que darle tiempo).
Sí, verdad que los cuentos de hadas se quedaron en la niñez, menos mal.