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LA FUNDACIÓN EVA PERÓN...TODA SU HISTORIA! 2/2

11.- ¿Qué pasó con ese dinero, el patrimonio de la Fundación?

 

Una dama católica, doña Adela Caprile [María Delfina Matilde Salomé Caprile de Ezcurra – ver Ferioli, FEP II, 167], que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado…’No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo’.” Alicia Dujovne Ortiz, Eva Perón (New York: St. Martin’s Press, 1997), 238.

Las palabras de Adela Caprile prueban la injusticia de la canción de Lloyd Weber: “When the money keeps rolling out, you don’t keep books… Accountants only show things down, figures get in the way…Cuando sale el dinero a raudales, uno no se lleva las cuentas… los contadores sólo entorpecen; las figuras bloquean…”).

 

Los argentinos que participaron en el gobierno establecido por el golpe militar de 1955 tuvieron la intención de destruir, no preservar, obras y los documentos. Sin embargo, no tuvieron un éxito total. Los administradores de la Fundación, comenzando con Cereijo, llevaron las cuentas y pudieron rendir cuentas hasta el último centavo del dinero de los obreros. Los que han sostenido lo contrario han cometido una grave injusticia con respecto a Evita. Afortunadamente, las personas interesadas en la investigación histórica pueden encontrar la verdad.

 

En 1949, el ministro de Salud Pública y brillante neurólogo Ramón Carrillo estableció su meta: “Ningún habitante de la Nación puede estar desamparado por el solo hecho de carecer de recursos. El dolor y la enfermedad son niveladores sociales; por eso no existirá verdadera justicia social si el pobre no dispone de idénticas posibilidades de curase que el rico, si no cuenta con los mismos elementos e igual asistencia médica que éste.” (Política Sanitaria Argentina, Ministerio de Salud Pública de la Nación, 1949, p. 12). El doctor Carrillo estableció sus prioridades basándose en las áreas donde él veía que era urgente actuar: 1) mortalidad infantil; 2) tuberculosis; 3) enfermedades venéreas; 4) salud mental; 5) epidemias como el paludismo; 6) inválidos; 7) promedio de vida de la población.

 

Primero el Dr. Carrillo quería curar a los enfermos, luego prevenir las enfermedades y finalmente atacar los factores socioeconómicos que causaban las enfermedades (malnutrición, condiciones insalubres de trabajo, ignorancia de las medidas de higiene más básicas). Su Plan Analítico de Salud Pública publicado en 1947, explicaba las causas, las consecuencias y los efectos del atraso argentino en el campo salud.

 

Para mejorar la salud de la población, la Argentina necesitaba enfermeras profesionales -necesitaba 20.000 enfermeras! El Doctor Carrillo encontró una colaboradora inteligente y eficaz en la secretaria de la Escuela de Enfermeras del Hospital Peralta Ramos, Teresa Adelina Fiora. Ella propuso la centralización de todas las escuelas existentes y la creación de nuevos planes de estudio para modernizar la enseñanza.

 

En menos de un año, con el apoyo de un equipo de médicos que incluía el doctor Jorge Albertelli (médico de Evita), Teresa Fiora había organizado la Escuela de Enfermeras Eva Perón. El curso de doce materias duraba dos años. Durante el primer año las alumnas estudiaban Higiene y Epidemiología; Anatomía y Fisiología; Semiología; Patología general y Terapéutica y Defensa Nacional y Calamidades Públicas. En el segundo año estudiaban Primeros auxilios; Enfermería médica y quirúrgica; Obstetricia; Ginecología y Puericultura; Dietética y Medicina social. Un posgraduado llevaba dos años para completar e incluía una residencia y práctica hospitalaria en el Policlínico Presidente Perón en Avellaneda u otros hospitales de la Fundación Eva Perón (FEP) en Lanús, San Martín y Ramos Mejía. Las alumnas se especializaban en cursos que incluían radiografía, fisioterapia, neurología, y psiquiatría entre otros.

 

Cuando la Sociedad de Beneficencia dirigía las escuelas, las enfermeras no eran mucho mas que sirvientas, sin entrenamiento profesional.

 

Evita quería profesionales, capaces de trabajar en áreas alejados, sin médicos si fuera necesario. Las enfermeras aprendían a manejar los vehículos de la Fundación: ambulancias; ambulancias hospitales (cada una con diez camas y una sala de cirugía); ambulancias equipadas para la cirugía de urgencia; jeeps; motocicletas; y vehículos para transportar equipos médicos o enfermos.

 

Ya en septiembre de 1950, la Escuela de Enfermeras estaba totalmente integrada a la Fundación y en 1951 ya se habían graduado más de 5.000 enfermeras. El único requisito para entrar era el de la edad: entre 18-34 años. Alumnas sin recursos recibían subsidios económicos de la FEP. Adelina Fiora recordaba: “Muchas venían de hogares muy humildes y desconocían por completo el sentido de disciplina, indispensable para el estudio que emprenderían. Se me ocurrió, como una manera de enseñarles a organizarse, izar y arriar la bandera en el patio de la Escuela, tal como hacen en las escuelas primarias o secundarias. Así entraban a las aulas formadas y ubicadas en sus lugares.”

 

Delia Maldonado-una de las enfermeras de la Fundación-también se acordaba de la disciplina y del esmero con que las enfermeras cuidaban sus uniformes celestes. “La disciplina era una cosa que se nos inculcaba mucho. Una enfermera debe permanecer tranquila frente a cualquier cuadro o situación, sino, no puede ofrecer su ayuda como corresponde. Esa disciplina se manifestaba también en el respeto al enfermo. La primera lección que se nos dio, fue la de saludar siempre al paciente. Saludarle y preguntarle cómo se sentía. Teníamos que acompañar al enfermo, porque cuando uno está internado, por más buena atención, por más lujoso que sea el hospital, siempre existe una sensación de desamparo. Nosotros debíamos brindarle confianza y bienestar. Jamás se prendían las luces de la sala, se gritaba o se batía las manos para despertar a los pacientes [como hacían las enfermeras de la Sociedad de Beneficencia]. También debíamos estar vestidas permanentemente con el uniforme reglamentario que estaba a nuestro propio cuidado.”

 

Las enfermeras no se limitaban a trabajar en los hospitales. Junto con la Fuerza Aérea participaban en campañas contra el paludismo o el mal de chagas. Acompañaban a los médicos y asistentes sociales a llevar ayuda material y médica por el mundo entero, a los pueblos que enfrentaban terremotos, inundaciones u otros catástrofes. Algunas hasta dieron sus vidas en servicio de la humanidad. En 1949, un terremoto terrible sacudió al Ecuador. Al retornar a Buenos Aires, el avión que llevaba el equipo de la FEP se estrelló y murieron dos enfermeras. La Ciudad Infantil “Amanda Allen” y el Hogar de Tránsito “Luisa Komel” las conmemoraron.

 

 

12.- Policlínicos.

 

La salud del pueblo argentino era de vital importancia para Perón y para Evita. En 1950, en La Nación Argentina, Justa, Libre y Soberana (p.321), Perón declaró: “El Estado debe afrontar la asistencia médica integral en beneficio de aquellos que ganan menos. Si me enfermaba yo, supongamos que fuese millonario, traería médicos de cualquier parte del mundo, es decir, a los más eminentes, que sólo operan por diez o quince mil pesos, y tenía asegurada la posibilidad de salvar la vida. En cambio, el pobre estaba totalmente alejado de toda posibilidad. Y no es nada aquí, en Buenos Aires, en donde ...en los buenos hospitales puede uno hacerse atender con médicos eminentes. Echen una mirada al interior del país, donde el 50% de los que mueren, mueren sin asistencia médica.

 

En el país de la carne, en el país del pan, en el país que tiene 300 días del sol al año, en el país que tenemos de todo, en el país donde la población tiene mayor límite de posibilidades para la salud, el término medio de la vida está de 10 a 20 años por debajo de otros pueblos de Europa y 10 años debajo de los Estados Unidos. La salud pública organizada está destinada a prolongar de 10 a 20 años la vida de los habitantes, término medio.”

 

Desde la inauguración presidencial de Perón en 1946 hasta la muerte de Evita en 1952, el gobierno agregó 30,000 camas de hospital y la Fundación agregó 15,000.

 

Afortunadamente, durante su primera presidencia, Perón tuvo al Doctor Ramón Carrillo como Ministro de Salud. Un visionario que revolucionó la asistencia médica en la Argentina, Carrillo esbozó sus ideas para humanizar la medicina y poner la atención médica al alcance de todos en su Plan Analítico de Salud Pública (1947). Puso en práctica sus ideas cuando se inauguró el Policlínico Presidente Perón en la ciudad de Avellaneda en la Provincia de Buenos Aires.

Néstor Ferioli en La Fundación Eva Perón/2 (pgs. 120-122) describe el Policlínico:

 

En una superficie de cuatro hectáreas, se alzaban los cinco cuerpos de cinco pisos cada uno, con capacidad de 600 camas, separadas por mamparas para permitir una asistencia médica lo más individual posible.La planta baja tenía una biblioteca, los servicios de guardia y urgencias con una sala de cirugía y un vasto hall donde se encontraba la farmacia, una gran sala de esterilización laboratorios, de análisis clínicos, bacteriología e investigación. En el primer piso funcionaba otorrinolaringología, reumatología, neurología, neuropsiquiatría, odontología, hemoterapia y rayos; fisioterapia, rayos X y ultra sonido y odontología (que atendía alrededor de 250 pacientes diarios).

 

En el segundo piso estaban las salas de internación, separadas por sexo, la capilla y el internado de la Escuela de Enfermeras de la Fundación, una sala de conferencias con sillones individuales colocados en forma de anfiteatro donde tenían lugar demostraciones de práctica médica y cirugía para los estudiantes de medicina y enfermería. El tercer piso, el de la clínica quirúrgica, estaba reservado para los pacientes intervenidos o que debían someterse a intervención. Una sala para niños, luminoso y grande, estaba decorado con personajes de cuentos. Funcionaba también la administración del Servicio Social, cuyos asistentes se encargaban de asistir a cada familia y promover la medicina preventiva.

 

El cuarto piso era para la maternidad, ginecología y pediatría. Se realizaba un especial trabajo psicológico con las madres primerizas. En el quinto piso estaban las salas de cirugía, con cuatro quirófanos. Dos eran gigantescas, utilizados como ateneos de cirugía. En noviembre de 1951, Evita fue operada en el Políclinico por el doctor George Pack, de Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de New York, asistido por los cirujanos Jorge Albertelli y Ricardo Finochietto. En un pequeño pabellón aparte estaba el morgue con salas de autopsia.

 

En otro pabellón estaban los consultorios externos, dependencias de pediatría, ginecología, obstretricia, dietética, clínica médica, dermatología, protología y ortopedia. El Policlínico se especializaba en neumología, hematología, gastroenterología y cirugía cardiovascular. Mil quinientos personas trabajaban en el Policlínico: 218 formaban el cuerpo médico; 148 asistentes técnicos; 491 enfermeras; 342 personal de servicio; 59 funcionarios y 72 empleados y 116 trabajadores manuales (carpinteros, plomeros, jardineros, choferes, serenos, etc.). Un cuerpo de maestras ofrecían apoyo escolar a los niños para que no se retrasaran en la escuela y visitadoras domiciliarias para los enfermos con dolencias crónicas.

 

Evita quería asegurarse que la atención era lo mejor posible y solía visitar sus obras de noche y sin previo aviso. Néstor Ferioli entrevistó a Lala García Marín, una amiga de Evita que estaba a cargo de una farmacía abierta las 24 horas. Una vez Evita apareció a la una de la mañana, el pelo suelto, vestida con un pantalón blanco, una chaqueta y anteojos. Pidió a Lala que la acompañara al Policlínico Presidente Perón. Preocupada porque le habían contado que las guardias nocturnas no atendían bien, Evita quería investigar. Entraron. Un empleado español les dijo que tenían que esperar y se sentaron. Esperaron. No venía ningún médico. Evita le mandó a Lala a preguntar si tendrían que esperar mucho tiempo más. El español le dijo que esperara. Esperaron un tiempo más.

 

Evita dijo, “Lala, anda otra vez.” Lala preguntó, “ ¿Señor, va a tardar mucho el médico de la guardia?” El empleado contestó, “Acá hay que esperar. No es cuestión de llegar y querer...” Esperaron un poco más. De repente Evita se levantó, sacó los anteojos y dijo, “Me llama el médico de guardia, ¡urgente!” “¿De parte de quién?” “De parte de Eva Perón!”

 

Los médicos vinieron corriendo, prendiéndose los delantales, muertos de sueño. Evita pidió el Libro de Orden y comenzó a recorrer los pisos. Con dulzura y respeto, despertando a cada tres o cuatro enfermos, preguntaba, “Cómo lo tratan? ¿Le hicieron el análisis que le tenían que hacer?” En cuanto se dieron cuenta de que no estaban soñando, que realmente estaban hablando con Evita, los pacientes empezaron a pedirle cosas por sus hijos o por sus nietos.

 

Uno puede imaginarse los cambios que ocurrieron después de esa visita, cuando la administración se dio cuenta de que la Capitana exigía disciplina al borde de sus naves. Los tres policlínicos ubicados en la Provincia de Buenos Aires- Presidente Perón en Avellaneda, Eva Perón en Lanús y Evita en San Martín- se conocían como “los gemelos” porque eran casi idénticos en diseño y servicios. Ofrecían una gama más completa de servicios que los trece policlínicos regionales. Además de los policlínicos, la Fundación construyó hospitales especializados tales como el Instituto del Quemado de Buenos Aires, el Hospital de Clínicas y Cirugía Toráxica de Ramos Mejía y el Pabellón para enfermos infecciosos de Haedo, y el Policlínico 22 de Agosto de Ezeiza.

 

En las montañas de Jujuy estaba una de las joyas de la corona de hospitales, una combinación de hospital/hogar escuela (ver “hogares escuelas” en FEP/Educación), construído para los niños con problemas de tipo renal, nervioso, o reumático. Ubicado en Terma de Reyes, cerca de la ciudad capital de Jujuy, el hospital tenía capacidad para 144 niños enfermos. Una gran piscina y baños termales con aguas minerales ayudaban a los enfermos a reponerse.

 

Después del golpe de estado de 1955, los militares echaron a los niños y convirtieron el hospital en un casino y hotel para oficiales y sus familias. En Buenos Aires, la Fundación había casi completado lo que hubiera sido el hospital de niños más grande de América Latina. Sólo faltaba agregar los últimos toques de instalación sanitaria. En septiembre de 1955, cuando los militares tomaron el gobierno, el General Aramburu dió la orden de parar la construcción del futuro Hospital de Niños. El edificio fue totalmente abandonado y se convirtió en un refugio para criminales.

 

 

13.- Red de Seguridad y Salud. El tren sanitario

 

En 1951, con la idea de que, si no todos los descamisados podrían llegar al hospital, el hospital podría llegar a los descamisados, la Fundación inauguró un nuevo estilo de atención médica: el Tren Sanitario. Enviado por el Policlínico Presidente Perón, el tren tenía doce vagones y llevaba un equipo médico especializado de 46 personas que vivían y comían en el tren. Durante cuatro meses viajó por el país. Un vagón se organizó como teatro para pasar películas y educar al pueblo en materia de higiene y medicina preventiva. El tren tenía su propio generador eléctrico, una farmacia, laboratorios, salas de rayos x, una sala de espera, una sala de cirugía, una sala de partos, salas donde atendían dentistas, médicos y ginecólogos; las vacunas, los medicamentos, todos los servicios eran gratuitos.

 

Uno de los logros más importantes de Evita, guiada por el Dr. Ramón Carrillo, era de poner la atención médica y odontológica al alcance del pueblo. Ella misma se hizo atender en el Policlínico Presidente Perón. El 26 de julio de 1952, el día de su muerte, por la primera vez en la historia argentina, “no había desigualdad en la atención médica argentina.” (Navarro, p. 131). ¿Cuántas naciones ha logrado esa meta en sólo siete años? Y cuántas han siquiera intentado lograr una atención médica que cubría por igual a todos sus ciudadanos?

 

Bibliografía:- Ferioli, Néstor. La Fundación Eva Perón/2. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1990. - Fraser, Nicholas & Marysa Navarro. Evita: The Real Life of Eva Perón. New York: W.W. Norton & Company, 1996. - Ortiz, Alicia Dujovne, Eva Perón. New York: St. Martin’s Press, 1996. - Fundación Eva Perón. Eva Perón and Her Social Work. Buenos Aires: Subsecretaría de Informaciones, 1950. - La Nación Argentina: Justa, Libre y Soberana. Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1950. - Mundo Peronista, 1951.

 

 

14.- Hogares Escuelas.

 

Las damas de la Sociedad de Beneficencia crearon Escuela Hogares, edificios grandes y austeros con pasillos fríos y ventanas opacas para que los niños internados no podían ver afuera ni ser vistos de afuera. Vestidos con los mismos uniformes grises, las cabezas rapadas, llamados no por su nombre sino por el número cosido a su ropa, recibieron más entrenamiento que educación: se ponía el énfasis en la escuela como trabajo, taller, sweatshop. Las niñas trabajaron largas horas confeccionando ajuares para los bebés de las damas ricas que dirigían los asilos. Los niños sólo dejaban los asilos durante los la época navideña para pararse en las calles y mendigar dinero para la Sociedad de Beneficencia.

Los niños no eran los únicos explotados. Un informe del Congreso del año 1939 reveló que algunos empleados de la Sociedad de Beneficencia trabajaron de 12 a 14 horas diarias con un sólo día de descanso cada 10 o 15 días. Algunos no tenían ni un día libre y ganaban 45-90 pesos durante una época cuando el sueldo mínimo era de 120 pesos. (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 1939, p. 444). El 95% de los fondos recaudados se usaban para pagar los salarios de las damas de caridad; sólo un 5% se destinó a mantener las obras (ver Felipe Pigna, Página 12, 30/4/2007).

Para Evita, la meta principal era crear un puerto seguro para los niños víctimas de las tempestades de la vida. La Fundación estableció veinte Hogares Escuela durante los siete años precedentes al golpe de estado de 1955. Los niños asistían a las escuelas públicas y cada uno mantenía los lazos con su familia nuclear siempre que fuera posible. Integración, no segregación, era el lema de cada Hogar Escuela.

 

La arquitectura de los Hogares Escuelas reflejaba su apertura a la sociedad. El cerco que rodeaba los edificios nunca llegaba más alto de un metro. Los edificios eran típicos de la arquitectura de la Fundación: estilo californiano misionero, amplios y bien iluminados, con techos de tejas rojas, muros blancos y jardines verdes. El decorado interior era de la más alta calidad, con mármol, mosaicos, camas de roble que todavía quedan despues de más de sesenta años de abandono. Manteles alegres y una abundancia de flores, murales pintados para encantar a los niños, libros y juguetes ayudaron a crear un ambiente hogareño.

 

Los hogares escuelas albergaron más de 16,000 niños en un momento cuando la población de la Argentina era alrededor de 16 millones; fueron construidos donde había más necesidad. Los padres que querían que sus hijos estuvieran en los hogares escuelas tenían que escribir personalmente a Evita (ellos tenían que tomar la iniciativa) y mientras se construyeran los hogares escuelas asistentes sociales visitaban las casas para verificar la situación de la familia y hacer una evaluación de lo que necesitaba.

 

La Fundación estableció una escala de prioridades para ser admitido:

 

1. Abandono material o moral 

2. Enfermedad de padre, madre, tutor/a 

3. Pobreza aguda 

4. Ser Huérfano 

5. Vida de familia irregular o separación de los padres 

6. Ambiente insalubre (condiciones de vida malsanas, falta de lo básico) 

7. Inestabilidad económica debido a falta de empleo 

8. Padres incapacitados para cuidar a sus hijos 

9. Edad avanzada de padres o tutores 

10. Padres incarcelados

 

Los niños fueron admitidos desde los cuatro hasta los diez años (de seis a diez en Ezeiza). Niños con problemas físicos o psicológicos fueron derivados a las instituciones apropiadas y su tratamiento fue pagado por la Fundación. Los asistentes sociales trabajaron con la familia de los niños antes y después de que fueron admitidos al hogar escuela.

Evita no quiso que ningún niño fuera aislado del mundo. Todos los niños debían una familia nuclear afuera del Hogar donde pasaban los fines de semana y los días de fiesta. Si el niño no tenía padres o no podía volver a su casa por cualquier razón, entonces se le buscaba un tutor.

 

Al entrar, cada niño recibía un examen médico completo y después dos exámenes por mes, con el énfasis puesto en la medicina preventiva. Médicos, enfermeras, dentistas y dietistas se hacían responsables de la salud del staff y de los niños.

 

En el Hogar algunos niños que volvían a sus casas para cenar y dormir y otros eran residentes. Los niños residentes que eran los más pobres o los que vivían demasiado lejos para ser transportados diariamente. Los niños no internados eran los cuyos padres podían proveerles lo más básico para vivir. Todos los niños recibían ropa (no uniformes, con la excepción de los guardapolvos escolares), zapatos, libros, útiles para la escuela, y medicina cuando era necesario.

En el Hogar, los niños recibían educación suplementaria, refuerzo educacional, y clases particulares según la necesidad de cada uno; cada día fueron transportados en micros escolares a las escuelas públicas, integrados y educados con todos los otros niños del lugar.

 

Cuando estaban en el Hogar, los niños fueron organizados en grupos de 15, con un preceptor, una especie de “nanny” a cargo de cada grupo. Los niños elegían su ropa. Se hizo todo lo posible para evitar la mentalidad de asilo tan prevalente durante la época de la Sociedad de Beneficencia. De ninguna manera se les estigmatizaban o les hacían resaltar: nada de raparles la cabeza, llamarles por un número o hacerles mendigar).Ya en 1954, el Ministerio de Educación tenía que hacer planes para los primeros grupos de niños que habían completado su educación primaria y estaban listos para ingresar en el secundario. La Fundación sólo contaba con un hogar para los varones de edad secundaria-la Ciudad Estudiantil de Buenos Aires.

 

Los varones vivían en la Ciudad Estudiantil y asistían a escuelas secundarias locales. (Se planificaba más ciudades estudiantiles pero aún no habían sido terminadas.) Según la vocación y la capacidad del estudiante, el Ministerio de Educación lo derivaba a la escuela secundaria más indicada. Como no se había completado las ciudades estudiantiles para mujeres, las jóvenes seguían en los Hogar Escuelas. Recibían ropa, atención médica, útiles escolares y libros durante sus años de secundario, siempre que no fueran aplazadas en ninguna materia. Si recibían un aplazo en una materia perdían sus privilegios.

 

Para evitar eso, el Hogar contaba con una maestra que miraba atentamente las notas de los boletines, reforzaba diariamente los conocimientos adquiridos y estudiaba “junto con las niñas las dificultades que se presenten, de la misma manera que una madre inteligente y paciente procede con sus hijos en el hogar” (See Ferioli, vol. I, p. 77). Después de la escuela, las niñas elegían las clases suplementarias-de baile, baile folklórico, cocina, costura, música y arte-que más les interesaban. En 1955 (antes del golpe de estado en septiembre), el director de cada Hogar estaba encargado de persuadir a las niñas “que continuaran sus estudios universitarios en la Ciudad Universitaria de Córdoba.” (ibid, p.78), que hubiera sido inaugurado en 1956 “si el gobierno de Aramburu no hubiera paralizado la obra.” (ibid, 79).

 

Por supuesto que después del golpe de estado, la mentalidad de la Sociedad de Beneficencia fue rápidamente re-entronizada. In un informe fechado diciembre de 1955, el equipo que intervino en la Fundación documentó su shock, casi horror, al comprobar que “la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de sobriedad republicana que convenía... para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto a vestuario los equipos mudables renovados cada seis meses, se destruían.” (ibid, p. 87).

 

Mientras que investigaba el terremoto de San Juan del año 1945, el historiador americano Mark Healy encontró un legajo que demuestra la rapidez con la cual la Argentina retomó su rumbo oligárquico después del golpe de estado de 1955. Una abogada antiperonista fue nombrada interventora del Hogar Escuela de San Juan. Decidió convertirlo en una agencia de empleo. Así las niñas, en vez de ir a la universidad, podrían trabajar como mucamas en las casas de sus amigas y de las personas como ella. Las asistentes sociales protestaron y desde el patio las niñas gritaron,”¡Queremos que vuelva Perón!” (Ver Clarín, 7 de agosto de 2006, “Hogar Escuela de San Juan”).

 

Cuando volvió Perón en 1973, ya se había saqueado y desmantelado la Fundación Eva Perón-sus obras destruidas y las personas que habían beneficiado de ellas-los niños, los estudiantes, los seniors, las empleadas, la gente sin casa-desalojadas y desaparecidas.

 

Los militares, como los Borbones, no habían ni aprendido ni olvidado nada. Una vez Evita dijo, triste y proféticamente, “Yo les dejo la tarea más fácil: bajar los carteles.” Ojalá se hubieran contentado con cambiar solamente los nombres y dejar las obras intactas!

 

 

15.- Ciudad infantil Amanda Allen

 

La Ciudad Infantil no era un parque de atracciones aunque alegró la vida de miles de niños. La Ciudad Infantil era un refugio seguro para los niños cuyos padres enfrentaban grandes dificultades para cuidar a sus hijos y necesitaban una ayuda de corto o largo plazo . La Ciudad Infantil funcionaba de una manera muy parecida a los Hogares Escuelas (ver artículo “Hogares Escuelas”), con niños que venían diariamente de sus casas y también con niños residentes. Un lema de la Edad Dorada del Peronismo -los primeros años del primer gobierno peronista cuando Evita vivía y todo parecía posible- proclamaba que “los únicos privilegiados de la Nueva Argentina son los niños.” Evita quería que los niños fueran no sólo privilegiados sino protegidos. Su Fundación quiso tejer una red de seguridad que iba desde la niñez (los Hogares Escuelas para los niños de edad primaria) hasta la adolescencia (la Ciudad Estudiantil para los de edad secundaria) y llegaba a la universidad (las Ciudades Universitarias).

 

La Ciudad Infantil, que albergaba a los niños de dos a siete años, tenía su propio encanto. Los asistentes sociales enviaban los niños que necesitaban ayuda o cuyas familias necesitaban intervención, como estipulaba el Reglamento (muy parecido al Reglamento de los Hogares Escuelas). La capacidad máxima de la Ciudad era de 450 niños; el promedio era de 300, entre residentes y externos.

 

La Ciudad Infantil era la niña de los ojos de Evita. Allí podía ver el fruto de los sacrificios que ella hacía en su vida personal. Las visitas que venían de otros países comentaban que era un instituto modelo, bien en avanzado de su época; su meta era integrar los niños marginados a la sociedad, prepararlos para la escuela primaria y ayudarlos a integrarse al grupo por medio del juego (utilizaba los métodos de María Montessori, que todavía vivía).

 

Cuando la gente recuerda la Ciudad Infantil, piensa en sus edificios en miniatura: los chalets, la plaza con su alegre fuente de agua, la escuela, la municipalidad, la iglesia de estilo nórdico con sus vitraux, la estación de servicio y los pequeños conductores que venían a llenar los tanques de nafta, la prefectura donde los que no respectaban las reglas de tránsito venían a pagar sus multas, el banco y las tiendas (farmacia, verdulería, almacén) y el pequeño arroyo azul cielo que serpenteaba por la ciudad. En la Ciudad Infantil, todos tenían la posibilidad de ser intendente, banquero, farmacéutico o maestro, pero sólo por un día. Se cambiaban los trabajos para que cada niño pudiera cumplir diferentes roles dentro de la comunidad.

 

La Ciudad Infantil era mucho más que una colección de edificios en miniatura. La ciudad entera ocupaba dos cuadras, bordada por cuatro calles (Echeverría, Húsares, Juramento y Ramsay) en el barrio de Belgrano, un suburbio de Buenos Aires. Una cuadra era un parque arbolado diseñado para niños, con toboganes, calesita, un tren eléctrico y otros juegos. En la otra cuadra estaba el edificio principal con las oficinas administrativas, una clínica, las salas escolares, un comedor con capacidad para 450 niños, cuatro dormitorios con capacidad para 110 niños, un teatro, un circo, y un gran vestíbulo. Afuera estaban los solarios, la pileta de natación y la ciudad en miniatura (los adultos tenían que encorvarse para entrar en los edificios).

 

Las paredes del edificio principal estaban decorados con los dibujos de los cuentos de hadas tan caros a los niños: Caperucita Roja, la Cenicienta, los Tres Chanchitos, los animales del circo. Para que el techo del comedor no pareciera tan alto estaba decorado con festones y todas las habitaciones eran luminosas, espaciosas y ventiladas.

La ropa de los niños venía de las mejores tiendas de Buenos Aires y se cambiaba cada cuatro meses. Los niños de cabezas rapadas que llevaban los uniformes grises de la Sociedad de Beneficencia dejaron de existir en la Nueva Argentina.

 

Un detalle sirve para demostrar la calidad del cuidado brindado a los niños. Las mesas del comedor tenían manteles de tres colores distintos, amarillos, rosados y azules que no sólo daban una nota de color al comedor. Los niños se dividían en tres grupos según las recomendaciones de los médicos dietéticos. El valor calórico de los niños residentes se basaba en su altura y su peso, conteniendo el 100% de las vitaminas, minerales y proteínas que requerían diariamente. Los niños externos, que corrían el riesgo de no recibir comida nutritiva en sus casas, recibían el 90%.

 

En el verano, los niños iban a las colonias de vacaciones del Hotel para Niños en Chapadmalal donde muchos de ellos pudieron jugar en el mar por primera vez.

 

Si la situación de la casa no se había mejorado cuando el niño llegaba a la edad de comenzar el primario, se le daba prioridad para entrar en un Hogar Escuela.

 

La construcción de la Ciudad Infantil continuó día y noche durante cinco meses y veinte días. Se terminó en un tiempo record y fue inaugurado el 14 de julio de 1949, seguramente uno de los días más felices de la vida de Evita como esposa del Presidente. Los viejos noticieros en blanco y negro la muestran caminando, casi bailando el día de la inauguración, mientras señalaba todas las maravillas de la ciudad a los invitados.

 

Los obreros que habían trabajado más horas le presentaron las llaves de la ciudad, diciéndole que ellos sabían que trabajar por la Fundación era trabajar por sus propios hijos. La Ciudad Infantil se llamaba “Ciudad Amanda Allen” para honrar a una enfermera de la Fundación, muerta en un accidente de aviación cuando volvía de socorrer las víctimas de un terremoto en Ecuador.

 

Su hermana Erminda relata una anécdota que muestra que la Ciudad Infantil nunca estaba lejos del pensamiento de Evita. Un día un señor ya viejo vino a pedirle ayuda para conseguir un trabajo. “A mí lo que me gusta es el campo,” le dijo. Evita consideraba que, con la edad que tenía, el trabajo del campo sería muy duro para él. Le dijo, “Pero yo lo necesito en la ciudad. Y yo le voy a dar un trabajo. A mí me han regalado tres burritos para que los niños de la Ciudad Infantil puedan pasear y yo quiero que ud. me los cuide.” Erminda contó que el cuidado de los burritos lo hizo el hombre más feliz de la tierra.

 

Evita iba a la Ciudad día y noche, sin hacerse anunciar. Ella controlaba que no faltaba nada y preguntaba por los niños por nombre si veía que faltaba alguno. Erminda cuenta que, cuando sabía que se moría, Evita se escapó de sus médicos y se fue a visitar la Ciudad Infantil. Cuando volvió a la Residencia, se puso a llorar porque, como dijo a su hermana, ella veía que el nivel de atención y cuidado que ella había exigido ya no se respetaba.

 

Después del golpe de estado de 1955, los niños residentes fueron desalojados y el establecimiento convertido en un jardín de infantes para los niños de clase media alta del barrio de Belgrano (ciertamente privilegiados, pero no necesitados). Más tarde se convirtió en sede del Instituto Nacional de Rehabilitación del Lisiado.

 

En 1964, la autora de este artículo se enteró que la ciudad en miniatura estaba destinada a la demolición y apeló a los diarios y revistas más ligados a los trabajadores cuyos aportes había hecho posible su construcción. Los diarios alertaron el público pero la clase trabajadora de la época no tenía el poder necesario para parar la destrucción.

 

Los edificios fueron destruidos para construir una playa de estacionamiento. Lo que pasó con la Ciudad Infantil es simbólico de la destrucción de la obra de Evita. En la Argentina del tercer milenio, los niños de menos recursos no son privilegiados. De hecho, en un país con la capacidad de producir lo suficiente para alimentar la población de Estados Unidos, hay niños que se mueren de hambre.

 

Después que los militares asumieron el poder en 1955, las obras de Evita fueron destruidas sistemáticamente o destinados a otros usos más adaptados a la filosofía de las clases gobernantes (por ejemplo, los militares convirtieron el Hospital de Niños de Terma de Reyes en Jujuy en un hotel de lujo y un casino para ellos y para sus familias).

 

Para justificar el desmantelamiento de la Ciudad Infantil, el equipo de investigadores entregó su informe el 5 de diciembre de 1955. Les dejamos la última palabra: “La atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de sobriedad republicana que convenía, precisamente, para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto a vestuario los equipos mudables renovados cada seis meses se destruían.

 

(Ferioli, p. 87)BibliografíaFerioli, Néstor. La Fundación Eva Perón / 2. Buenos Aires:Centro Editor de América Latina, 1990.Fraser, Nicholas & Marysa Navarro. Evita: The Real Life of Eva Perón. New York: W.W. Norton & Company, 1996.Ortiz, Alicia Dujovne. Eva Perón. New York: St. Martin’s Press, 1996.Fundación Eva Perón. Eva Perón and Her Social Work. Buenos Aires: Subsecretaria de Informaciones, 1950. La Nación Argentina: Justa, Libre, Soberana. Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1950.

 

 

16.- Ciudad Estudiantil “Presidente Perón”.

 

La Ciudad Estudiantil estaba ubicada a lado de la Ciudad Infantil en Belgrano, un suburbio de Buenos Aires. Ocupaba cuatro manzanas: Echeverría, Ramsay, Dragones y Blanco Encalada.

 

Se organizó como se organizaba los Hogares Escuelas. Los estudiantes, que cursaban estudios normales, comerciales, industriales o iban a la Facultad de Ingeniería, de Derecho, o de Medicina, iban a sus colegios, institutos, o facultades en los micros de la Fundación. Cuando volvían al final del día, siempre había profesores dispuestos a ayudarlos. También se dictaban clases en la Ciudad Estudiantil, con énfasis en la tecnología más avanzada para que los estudiantes tuvieran éxito en el mundo moderno. La instrucción que recibieron fue tan avanzada que cuando los militares cerraron la Ciudad Estudiantil, muchos de los estudiantes recibieron becas para estudiar en otros países ansiosos de aprovechar sus conocimientos y su talento.

 

Tanto la Ciudad Infantil, con sus clases Montessori, y la Ciudad Estudiantil, con sus clases “high tech,” fueron en avance de su tiempo. La meta de la Ciudad Estudiantil era de no sólo funcionar como un Hogar Escuela para los adolescentes necesitados. También se buscó preparar futuros líderes salidos de la clase trabajadora, y por eso se los hacía participar en el gobierno de la Ciudad.

 

Todos los alumnos eran varones. Como no existía todavía una Ciudad Estudiantil para las adolescentes, ellas continuaban bajo la protección de los Hogares Escuelas; allí recibían alimentación, ropa, atención médica, útiles escolares, libros, apoyo escolar mientras cursaban el secundario y acceso a las universidades, siempre que aprobaran todas sus clases.

 

Dentro de la Ciudad había réplicas exactas de los salones de la Casa Rosada (donde trabaja pero no vive el Presidente/ la Presidenta). Los estudiantes elegían un presidente, ministros y diplomáticos que ofrecían críticas y comentarios sobre el funcionamiento y el reglamento de la Ciudad. Formaban un co-gobierno docente- estudiantil. Todos tenían un trabajo: acoger a los recién llegados y ayudarlos a adaptarse; formar parte de la patrulla de seguridad nocturna; ocupar un puesto electivo. Según su personalidad, los alumnos o tenían su cuarto o compartían un cuarto con uno o dos compañeros. Los estudiantes debían atender personalmente el arreglo y ordenamiento de los dormitorios, obteniendo por ello un puntaje. La continuidad y admisión para un nuevo período en la Ciudad Estudiantil se basaba en la jerarquía de las notas obtenidas en todo sentido: en conducta, en aplicación, dentro y fuera de La Ciudad. La Fundación les proporcionaba todo lo que necesitaban pero ellos mismos tenían que lustrar sus zapatos y servirse en el comedor.

 

Todos son artífices del destino común pero ninguno instrumento de la ambición de nadie,” les dijo Evita, repitiendo una frase que Perón solía decir.

 

Se puso mucho énfasis en la educación física y los deportes. Los clubes de la Ciudad ocupaban dos cuadras y los alumnos tenían el derecho de ser miembro de un club de gimnasio y dos clubes de deportes: la calistenia, la gimnasia sueca, la esgrima, el boxeo, la natación en las piscinas con plataforma para saltos ornamentales, el básquetbol, el water-polo, el fútbol, las carreras pedestres.

 

Consultorios para atención médica y odontológica, estadio, peluquería, vestuarios y el bar de los Atletas, donde los estudiantes se reunían alrededor de un vaso de leche, completaban el complejo.

 

Los estudiantes formaban un grupo diverso donde todo el país estaba representado, desde los sofisticados porteños de Buenos Aires hasta sus compañeros del Norte (Salta, Jujuy), y del Sur (la Patagonia), integrados mediante el lazo de su nacionalidad argentina. Actividades como las reuniones alrededor del fuego y la representación de obras de teatro ayudaban a la integración. A los argentinos les gusta mucho la yerba mate, un té herbal muy apreciado por los gauchos legendarios de la pampa. El té está colocado dentro de una pequeña calabaza vaciada y se bebe con una bombilla de plata. Los alumnos se reunían alrededor del fuego, se agregaba agua caliente a la calabaza con las hojas del mate y se pasaba “el mate” de una persona a otra, refrescando continuamente el agua y la yerba. Una vez al año, en la Ceremonia del Mate, los estudiantes elegían la persona que consideraban el compañero más amable y servicial.

 

Evita supervisaba todos los detalles. Por ejemplo, rechazó unos vasos importados que decían “Sweet Dreams” en inglés porque quería que los muchachos fueran orgullosos de su propia cultura-¡qué sus sueños fueran criollos! En 1952, cuando el cortejo de Evita salió del Ministerio de Trabajo y Previsión para ir hasta el Congreso, los estudiantes de la Ciudad Estudiantil la escoltaron, caminando a lado del ataúd, junto con las enfermeras de la Fundación.

 

Después del golpe de estado de 1955, los militares echaron a los estudiantes y los edificios fueron convertidos en centros de detención para los miembros del gobierno constitucional detenidos simplemente porque era peronistas. Luego el Instituto de la Rehabilitación del Lisiado ocupó los edificios.

 

BibliografíaFerioli, Néstor. La Fundación Eva Perón / 1. Buenos Aires:Centro Editor de América Latina, 1990.Fraser, Nicholas & Marysa Navarro. Evita: The Real Life of Eva Perón. New York: W.W. Norton & Company, 1996.Ortiz, Alicia Dujovne. Eva Perón. New York: St. Martin’s Press, 1996.Fundación Eva Perón. Eva Perón and Her Social Work. Buenos Aires: Subsecretaria de Informaciones, 1950. Fundación Eva Perón. Cuidad Estudiantil. Buenos Aires: Subsecretaría de Informaciones, 1954.La Nación Argentina: Justa, Libre, Soberana. Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1950.

 

 

17.- Ciudades Universitarias

 

 “Con la supervisión de la Dirección Nacional de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas, la Fundación hacia 1953, estaba construyendo dos ciudades universitarias localizadas en las provincias de Córdoba y Mendoza. La de Córdoba era la obra más avanzada y, según la memoria y balance de la Fundación del año 1953, hubiera estado pronta a inaugurarse a fines de 1956, si el gobierno de Aramburu 1 no hubiera paralizado la obra. Caracterizaban a estas “ciudades” un gran pabellón central para aulas y comedores y otras pequeñas edificaciones circundantes destinadas a residencias para alumnos y docentes.

 

También la Fundación construyó un comedor universitario en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires.”

 

BibliografíaFerioli, Néstor. La Fundación Eva Perón / 1. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1990, pgs. 78-79. La Nación Argentina: Justa, Libre, Soberana. Buenos Aires: Ediciones Peuser, 1950.