Manuela Sáenz, quiteña de temple y profundo amor por la libertad
El ideario libertario le dio vida a sus días, Manuela Sáenz Aizpuru, una quiteña de temple y profundo amor por la libertad transcendió en la historia de la soberanía de los pueblos en virtud a su compromiso en la lucha por la emancipación de todo un continente.
Destacada prócer que luchó activamente en las batallas libradas contra el imperio español, en las que selló la libertad de Ecuador en 1822, dos años más tarde participó en lo que fue la batalla de Ayacucho, donde se obtuvo la independencia del Perú y América del Sur, combate comandado por Antonio José de Sucre quien reconoció y enalteció la contribución de esta activista por la libertad en la gesta independentista.
Su proeza fue reconocida con el otorgamiento de la condecoración “Caballeresa del Sol”, una medalla en la que se leía "Al patriotismo de las más sensibles", sostenida por una banda de color blanco con una borla de oro.
Primeros pasos del latir emancipador
Hija de un padre español y una madre ecuatoriana, Simón Sáenz Vergara María Joaquina Aizpuru, respectivamente, quienes le criaron en la ciudad de Quito, al estruendo de los movimientos independentistas que se fraguaban durante la época.
Clamor emancipador que despertó el sentir de Manuela y su madre; a diferencia de su padre quien se mantuvo fiel a la Corona española.
Ante la pasión que brotaba de la joven mujer, en 1810 fue enviada al Convento Santa Catalina, bajo la modalidad de interna, lugar en el que le fue enseñado cómo escribir, leer y rezar.
Al pasar los años, ya para 1817 se casó con el inglés Jaime Thorne, comerciante de oficio con quien además se mudó a la ciudad de Lima, Perú, en los años 1819-1820 lugar en el que no se originaba el sentimiento independentista.
Dos años más tarde, esta activista se dirige a su Quito natal, luego de haberse separado de Thorne, donde conoce al libertador, Simón Bolívar, quien llegó triunfante a la ciudad el 16 de junio de 1822.
Bolívar y Sáenz, un vinculo afectivo e independentista
Surge una conexión entre Simón y Manuela, a raíz de las coincidencias ideológicas entre ambos. Interminables conversaciones dieron paso a la tórrida relación amorosa entre el venezolano y la quiteña.
"Mi estimada señora, ¡Si es usted la bella dama que ha incendiado mi corazón al tocar mi pecho con su corona! Si todos mis soldados tuvieran esa puntería, yo habría ganado todas las batallas", fue una de las frases de Bolívar dedicadas a quien se convirtió en su sombra, su amor y más leal soldada para enfrentar las batallas que el destino y la providencia les tenían reservadas.
En medio del idilio, Manuela no solo aspiraba la independencia latinoamericana a través de sus pensamientos y motivaciones, sino que además se sumo a la guerra, donde hizo uso de armas, montó a caballo y contó con la capacidad de extinguir insurrecciones en la plaza de Quito.
Acompañó a Bolívar al Perú en lo que fue su lucha por la liberación de la nación inca.
En las ocasiones donde no estaban juntos, algunos escritos el libertador le dedicaba a su amada ante la distancia.
"Mi bella y buena Manuela: Cada momento estoy pensando en ti y en el destino que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor. Lo veo bien, y gimo de tan horrible situación por ti; porque te debes reconciliar con quien no amabas; y yo porque debo separarme de quien idolatro ¡Sí, te idolatro hoy más que nunca jamás. Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alma y de tu corazón divino, de ese corazón sin modelo", epístola del 20 de abril de 1825.
En 1826 cuando Bolívar salió del Perú, Manuela se mantuvo en Lima, dando continuidad al ideario bolivariano.
En 1828, radicada en Bogotá y en medio de la conspiración fallida para asesinar al libertador, lo ayudó a huir por la ventana del palacio de gobierno, hazaña que la calificó como la Libertadora del Libertador, llamada así por el mismo Simón al salvar su vida.
Tras la muerte de Bolívar -1830-, Sáenz manifiesta pública y notoriamente su fidelidad a los ideales bolivarianos lo que produjo su extradición por ser considerada una conspiradora al gobierno de Bogotá.
Su paso a la inmortalidad fue en el año 1856 al contraer la enfermedad de difteria, razón por la cual fue incinerado su cuerpo y pertenencias para evitar la proliferación del virus.
Prensa Presidencial/Andrelys Carrasquel