Los veranos en casa de la abuela de Amadeo tenían la aburrida cuota de unas siestas eternas. Hasta que no pasaba un poco la calor no le dejaban salir. Pero, después, podía ir corriendo calle arriba hasta un parquecillo que apenas tenía un columpio (en realidad debería haber dos, pero uno estaba roto y sólo quedan las cadenas colgando del travesaño metálico) y una resbaleta. De todos modos, tras las horas al sol el asiento del columpio y la chapa del tobogán estaban tan calientes que hacían imposible su uso placentero. El parque, de tierra y gravilla, estaba equipado también con una fuente que servía tanto para beber un caldo caliente como para llenar globos de agua. Había en todo el recinto cuatro de naranjos, uno en cada esquina del perímetro, tan flacos y poco frondosos que apenas proporcionaban sombra. No eran estos, pues, los motivos para que aquél sitio fuera su lugar preferido para pasar las tardes de verano.
El parque estaba cercado por un gran seto discontinuo en el centro de los lados del cuadrado que dibujaba. Y fue allí, en el aparentemente impenetrable muro vegetal, donde Amadeo encontró un punto de acceso a una fortaleza verde que conformó su lugar de juegos preferido a partir de entonces. Pasaba las horas muertas ahí dentro imaginando aventuras en su castillo, leyendo alguno de los viejos libros que cogía a hurtadillas a su abuela y que, por lo general, no entendía. Hasta que al atardecer, con la fresca, las vecinas comenzaban a salir a la puerta de sus casas y se reunían con sus sillas, cada una diferente, acorde con su dueña, a charlar ruidosamente. El pequeño a veces escuchaba las conversaciones de las señoras y se reía con sus estridentes risas sin tener muy claro el haber entendido sus chistes. Si no se aburría antes, lo cual no solía pasar, cuando su abuela le llamaba para la cena salía de su escondrijo y, sin que nadie supiera de dónde había salido, corría de vuelta a casa.
No es que no hubiera otros niños en el pueblo, no había muchos, pero sí que los había. De vez en cuando alguno de ellos pasaba con su bicicleta o una pandilla ruidosa se abastecía de globos de agua en la fuente del parque mientras Amadeo permanecía oculto en su insospechado fortín. El problema es que eran mayores, y cuando alguna vez intentó hacerse su amigo terminaron riéndose de él y dejándolo solo. Había un chico que sí sería de su edad y que tal vez a solas podría haber sido un compañero de juegos divertido, pero siempre iba con su hermano y éste resultaba ser de los peores (siempre hacía burla de su nombre o de su acento). A veces pasaban un rato en el parquecillo hablando de sus cosas o planeando excursiones al río, fumando sin darse cuenta de que alguien los observaba desde el seto.
Así, entre aventuras imaginadas dentro de su castillo vegetal, o inferidas de la boca de los lugareños, se sucedían los días de verano.
Una tarde como otra cualquiera, mientras veía unos extraños dibujos que aparecía en uno de los viejos libros de la abuela (unos hombres sin cabeza que tenían la cara en el pecho), un grito lo sacó de golpe de su ensimismamiento y, de no ser porque ya estaba escondido, habría corrido a hacerlo. Se asomó por una de las ventanas de su castillo y reconoció a uno de los vecinos, un hombre que sería de la edad de su padre, muy alto, muy delgado, muy moreno, con el pelo muy corto y que siempre parecía tener mucha prisa. Caminaba descamisado arriba y abajo por el medio de la calle sin alejarse de la puerta abierta de su casa. De vez en cuando llamaba a voz en grito.
– ¡Aurora! –, pero nadie contestaba. Y se iba cargando de ira. Volvía a subir y bajar por la calle buscando con la vista y volvía a gritar.
– ¡Aurora, ven aquí ahora mismo! –, pero Aurora no aparecía.
Después de un par de intentos más se acercó a la puerta gritó algo dentro y entró dando un portazo. Fue entonces, una vez el hombre desapareció, cuando el pequeño escucho un sollozo al otro lado del seto. Era una niña, poco mayor que él, la que estaba agazapada de esa parte.
– Hola – saludó desde el interior del seto. La niña dio un respingo asustada.
– No te asustes, estoy aquí dentro, ¿me ves? – Aurora lo buscó pero no encontraba al propietario de la voz que le hablaba desde el muro verde. Incluso se asomó pensando que estaría al otro lado, pero no encontró a nadie.
– No, no te veo, ¿estás ahí dentro?
– Sí, mira. – El pequeño sacó los dedos entre las ramas y Aurora por fin lo localizó.
– Vaya, no te habría encontrado nunca.
– Claro – rió el niño –, es mi castillo secreto.
El hombre que buscaba a Aurora apareció de nuevo en la calle, esta vez con una camisa a medio abotonar. Volvió a mirar arriba y abajo, y en vez de gritar se encendió un cigarro. La niña lo vio y se encogió.
– ¿Eres Aurora? ¿te está buscando a ti?
– Calla, es mi tío, no quiero que me encuentre. – El hombre caminaba lentamente hacia el parquecillo, dando cuenta del cigarro y clavando los ojos en cada recoveco de la calle.
– Viene hacia aquí – confirmó el pequeño. – ¿Está enfadado contigo? ¿Has hecho alguna trastada?
– Oye – a Aurora le temblaba la voz –, crees que puedo esconderme ahí dentro hasta que se vaya.
Él se lo pensó un instante, al fin y al cabo nadie conocía su lugar secreto y no sabía si podría confiar en la desconocida, que además era una niña, y ya se sabía que las niñas no saben guardar secretos (al menos ni sus compañeras del colegio ni sus primas sabían hacerlo). Pero parecía asustada. Debía haber liado una buena. Tenía que ayudarla.
– Vale, te diré cómo entrar pero me tienes que jurar que no se lo dirás a nadie.
– Te lo juro, ¿por dónde se entra?
– Así no vale. Júralo, y que te mueras si lo cuentas, y escupe fuerte al suelo.
La niña realizó el juramento y Amadeo salió por la entrada secreta del seto para indicarle cómo pasar dentro, justo un instante antes de que el tío de Aurora cruzara el parque en su búsqueda. Pasó junto a la fuente y se quedó en el centro con los brazos en jarra mirando alrededor. Terminó el cigarro y lo tiró al suelo para pisotearlo. Aurora no le quitaba la vista, asustada como estaba y segura de que la encontraría. Amadeo, agazapado también dentro del seto, notaba la respiración agitada de su nueva amiga. Querría decirle algo para calmarla pero temía que su tío le escuchara. Así que pasó el brazo sobre los hombros de la niña como hacía su abuela con él para tranquilizarlo cuando tenía una pesadilla. Aurora pareció calmarse un poco. El hombre encendió otro cigarro y se marchó dando un empujón al columpio contra las cadenas de su gemelo desaparecido. Lo siguieron con la vista desde el escondrijo hasta que despareció al doblar una esquina. Entonces Aurora se deshizo suavemente del abrazo de Amadeo y le sonrió, se volvió para salir del seto y antes de hacerlo le dio las gracias marchándose sin más.
El día siguiente Amadeo pasó toda la tarde en el seto esperando a Aurora. Había llevado alguno de los libros de su abuela con los dibujos más extraños para enseñárselos a la niña. Rompió alguna de las ramas del interior del seto para hacer mayor el hueco, y con algo de esfuerzo consiguió dar forma a una especie de asiento. Estuvo entretenido. Apenas se dio cuenta de que caía la tarde cuando dio por finalizadas las reformas del castillo vegetal. Aurora no se presentó. Amadeo salió al parquecillo y se sentó en el columpio desde el que tenía una mejor vista de la calle, de la casa de Aurora. Pero su puerta permaneció cerrada mientras anochecía y las demás comenzaban a llenarse de sillas y vecinas acaloradas y con ganas de charla. La abuela de Amadeo lo llamó para la cena. El niño fue despacio sin apartar los ojos de la puerta de Aurora. No, ese día no la vería, tal vez el siguiente.
Pero, Aurora, tampoco apareció el jueves. Amadeo seguía esperándola sin saber muy bien por qué. Intentaba distraerse como solía hacer antes de conocerla, pero cualquier ruido le hacía salir del seto, mirar alrededor, buscar su puerta. Ella no aparecía. Pasó más tiempo en el columpio, aún con riesgo de que alguna pandilla de niños del pueblo pasara por ahí e hicieran una parada para meterse con él o simplemente afinar su puntería con los globos de agua. Bueno, era un riesgo, pero si aparecía Aurora y él estaba dentro del seto tal vez no llegara a verla.
Llegó el fin de semana y con él los padres de Amadeo y algunos tíos y primos. El plan, para el que su opinión no contaba en absoluto, era ir a pasarlo al pantano, durmiendo en tiendas de campaña. A Amadeo solían gustarle estas excursiones y poco les costó a sus primos animarle enseñándole las linternas que habían traído para hacer alguna expedición nocturna con su padre por la montaña. Pero una vez allí no todo fue tan divertido como se prometía. La humedad del pantano hacía el calor más pegajoso, el agua estaba demasiado fría y, además, no les dejaban bañarse solos. Por la noche su padre roncaba tanto que no podía dormir y al final no hicieron ninguna escapada nocturna.
Tampoco podía dormir. No dejaba de pensar si Aurora estaría bien. Estaba claro que su tío habría terminado encontrándola, tal vez fuera él quien no la dejaba volver a salir a la calle, seguramente la tenía castigada dentro de su casa. Le daba miedo aquél hombre. Los gritos con los que llamaba a la niña despedían un enfado que no había visto en ningún adulto. Y ella quedó muda, casi paralizada, hasta que su tío desapareció. Entonces se marchó ella y Amadeo no volvió a verla. Tal vez nunca más volvería a verla. Seguramente nunca más la dejarían salir a la calle, al menos hasta que comenzara el colegio. Pero entonces él ya se habría ido del pueblo. Tenía que hacer algo. Tomó una decisión. Iría a aquella casa. Sí, se plantarían ante esa puerta y... Bueno, ya vería. Pero sí, iría. Con esta determinación se quedó dormido, a pesar de los ronquidos de su padre, y debió tener un sueño agradable, aunque no lo recordó, por que se despertó feliz al alba.
El día pasó rápido entre chapuzones y bocadillos. Por la tarde volvieron a casa de la abuela, donde llegaron a la hora de la cena, que se dispuso en el patio, a la fresca. Ya entrada la noche, cuando los mayores recogían todo en los coches para marcharse, el primo Gonzalo, un par de años mayor que Amadeo, y que aún así no había consentido nunca a quedarse a dormir lejos de sus padres, preguntó:
– Abuela, ¿me puedo quedar aquí contigo y Amadeo? – la atención de todos se centró en el niño.
– Claro, hijo, si tu padre te deja – pero se anticipó la madre de Gonzalo.
– ¿Cómo vas a quedarte, si no tienes ni ropa ni nada?, anda tira para el coche – el niño insistió.
– Pero solo hasta el sábado, y el primo me puede dejar ropa – Amadeo, a quien no le habría importado pasar la semana con su primo en otras circunstancias, pero que tenía otros planes para los próximos días, tuvo que intervenir.
– Primo, yo te dejo mi ropa, pero te va a quedar pequeña... – su tía le sonrió satisfecha mientras cogía por los hombros a Gonzalo dirigiéndole al coche, pero su tío se interpuso.
– ¿Estás seguro de que quieres quedarte?, mira que no voy a venir a por ti hasta el sábado y no quiero que la abuela me llame dando quejas – Gonzalo miró serio a su padre.
– Sí, seguro – se iba a quedar, no había remedio.
– Vale – sentenció el tío – entonces, si tu abuela te deja, te quedas.
– ¿Cómo no voy a dejarle yo a mi nieto? –, le hizo un gesto con la mano y Gonzalo se alejó de su madre para irse con la abuela –. Y tú, Iván ¿no te quedas también? – Añadió.
– No, abuela, no puedo: tengo natación y la recuperación de inglés.
– Pues otra vez será, y tú no te preocupes por la ropa que con el calor que hace como mucho tendrás que pasar una tarde o dos con el culo al aire.
Esta última idea no hizo mucha gracia a Gonzalo, Amadeo se rió ante la idea, aunque tendría que ver cómo acercarse a la casa de Aurora sin que su primo se metiera por medio. Bueno, algo se le ocurriría. Su madre y su padre se despidieron con unos besos de Amadeo. Su padre vendría a comer el miércoles y los llevaría al río por la tarde. Los padres de Gonzalo e Iván se marcharon también. La tía no dejaba de repetirle al primo que se lo pensara bien, que no tenía que quedarse, y que no hiciera caso a su padre, que en cuanto quisiera volver a casa que la llamara que ella iba a buscarlo. Gonzalo no dijo nada y se vino a la puerta de la casa junto a Amadeo y la abuela, que metió a los niños dentro y les dijo que pasaran al baño y luego se fueran a la cama juntitos y sin rechistar. Gonzalo estaba contento, Amadeo contrariado, los dos cansados tras el largo día. Se quedaron dormidos rápidamente.
El lunes amaneció tarde. Amadeo desayunaba ausente, pensando cómo poder ir a casa de Aurora a solas. Estaba desesperado. Solamente veía dos opciones: contárselo todo a su primo y dejar que lo acompañara, o no decir nada y esperar a que se cansara y llamara a su madre para marcharse. No quería contarle nada a su primo, seguramente se reiría de él. Así que decidió chincharlo hasta que no aguantara más. Pero la paciencia de Gonzalo se veía reforzada por su determinación a pasar esa semana sin padres (a saber por qué) y aunque Amadeo no le dejaba hacer prácticamente nada, con la excusa de que la abuela no les dejaba, y le hizo hacer las camas y llevar las bolsas de los recados, el primo no parecía tener intención de llamar a su casa.
Pero la suerte estuvo de su parte. Después de comer, cuando la abuela se fue a dormir la siesta a su cuarto, los niños se quedaron en el salón tirados en los sillones y Gonzalo no tardó mucho en caer rendido. Era su oportunidad.
Amadeo se calzó y salió a la calle. El sol caía en picado sobre la calle desierta, reflejándose en las paredes encaladas. Subió hasta la casa de Aurora y se plantó frente a la puerta. Era una puerta ancha, dos cuadrados uno encima del otro como dos onzas de chocolate. Bien, ahí estaba. Él, la calle desierta y la puerta. Acercó la oreja. No se oía nada, segurametne estarían todos durmiendo. ¿Qué esperaba? A la derecha de la puerta, la ventana de lo que debería ser una habitación (suponiendo que la casa fuera como la de su abuela) tenía la persiana bajada. Volvió a acercar la oreja. Ni siquiera se oía la tele. Entonces decidió mirar empujando la rendija para el correo cuando notó una mano sobre el hombro.
– ¡Aaaah!
– Soy yo, primo
– ¿Estás tonto? ¡No me asustes! – Amadeo dio un empujón a Gonzalo que, en vez de comenzar la pelea que le evitaría dar explicaciones, preguntó.
– ¿Por qué mirabas por el buzón?
– No miraba.
– Sí, ya, porque te he asustado antes.
– Vámonos a casa, anda.
– No, dime porqué querías mirar o se lo diré a la abuela – estaba pillado.
– Para ver si había gente.
– Y, ¿por qué no llamas?
– Porque no quiero que sepan que estoy aquí.
– ¿Y eso? – No había alternativa, o al menos Amadeo no la vio.
Se sentaron en el umbral y Amadeo se lo contó todo. Cuando se levantaron, Gonzalo se apoyó en la onza superior de la puerta que se abrió con un ligero rechinar de los goznes. Los niños se agacharon rápidamente a la espera de cualquier sonido. Silencio. Poco a poco se incorporaron y se asomaron. Silencio y oscuridad. No parecía haber nadie en la casa. Gonzalo entrelazó los dedos y flexionó las rodillas.
– Sube – Amadeo, no lo pensó y ayudado por su primo se coló en casa de Aurora. Entreabrió la puerta y dijo a su primo.
– Tú quédate aquí, si viene alguien me avisas – Gonzalo asintió sin poner objeción. Amadeo se internó en la casa.
Se encontró con un pasillo similar al de la casa de su abuela. La familiaridad le animó a continuar a pesar de la casi completa oscuridad. A pocos pasos, a derecha e izquierda, las primeras puertas de lo que deberían ser dos dormitorios. Instintivamente se fue hacia la derecha, el que sería su cuarto, con ventana a la calle. La puerta estaba entreabierta, la persiana dejaba pasar algo de luz, poca, pero la suficiente para que Amadeo descubriera lo que parecía la habitación de Aurora. Una cama cubierta con una colcha de hilo y varias muñecas, una mesilla de madera lacada en blanco con una lamparita que parecía rosa, un escritorio también blanco, como el armario, y un gran espejo de pie en un rincón, algunos libros en estanterías aquí y allá. Todo esto lo vio desde la puerta, no le pareció bien violar la intimidad de Aurora. La puerta de enfrente daba a otra habitación, pero que se usaba de trastero: cajas de cartón, baúles y maletas se amontonaban ocupando todo el espacio.
Antes de avanzar aguzó el oído. Nada, miro hacia atrás. Gonzalo estaría esperando en la puerta, se acercó y le llamó en voz baja para asegurarse. El primo respondió y Amadeo le dijo que iba a seguir explorando. La siguiente puerta de la izquierda sería la habitación de su abuela, el cuarto principal, así que debería ser el de los padres de Aurora. Se acercó despacio. La puerta estaba cerrada. La penumbra era bastante intensa. Esto le facilitó concentrarse para escuchar. Pegó la oreja a la puerta de madera. Nada. Cogió suavemente la manilla y la hizo bajar despacio, por si hacía algún ruido. Ninguno. Empujo lentamente la puerta intentando ver algo del interior del que surgió una oscuridad completa. Esperó a que sus ojos se acostumbraran, pero aún así tuvo que abrir más la puerta y apartarse para que las tinieblas cedieran un poco, justo a tiempo para ver unos pies colgando de la cama. Había alguien durmiendo. Se quedó paralizado apenas unos instantes. El justo para notar como se le acelera el pulso y la respiración, tanto que temió que pudieran despertar al durmiente, tal vez el tío iracundo de Aurora. Lo suficiente como para salir corriendo.
Abrió la puerta, Gonzalo cayó de espaldas al estar apoyado en ella. La cara de los dos niños competían a cada cual más asustada. Amadeo ayudó a levantarse a su primo y, sin soltarle la mano, lo llevó corriendo hasta el parquecillo, donde pararon a respirar un poco antes de que Amadeo se dirigiera hacia el seto. Al entrar, y antes de que Gonzalo lo hiciera, se encontró con Aurora sentada al fondo con la cabeza entre las rodillas.
– ¡Estás aquí! – La niña levantó la cabeza, estaba llorando.
Amadeo salió y le dijo a su primo que esperara fuera. Fue lo bastante convincente porque Gonzalo no se lo pensó y se fue hacia el columpio sin más.
– ¿Estás bien, te ha pegado tu tío?
Aurora no dijo nada, negó con la cabeza.
– ¿Entonces qué te pasa? – La niña mostró las manos a Amadeo. Estaban manchadas de sangre. El niño se dio cuenta de que también parecía manchado el vestido oscuro de su amiga.
– ¿Es tuya, te han hecho daño? – Aurora volvió a negar con la cabeza. Amadeo no pudo resistirse a limpiar las últimas lágrimas que caían por su cara con el dorso de la mano, como hacía su abuela. La niña sonrió, él le devolvió la sonrisa.
– Espera –, le dijo. Salió del seto y le dijo a Gonzalo que fuera a casa de la abuela a por un vaso grande o una jarra o algo para echar agua. El primo, que no había quitado ojo del seto, le pidió explicaciones. Amadeo le prometió dárselas luego. Volvió a tomar un tono seguro que amedrantó a Gonzalo que obedeció por segunda vez.
Volvió al seto y permaneció junto a Aurora sin decir nada, haciendo gestos con la cara para distraerla. Aurora se serenó. Le reía las gracias. Incluso, en un descuido, mientras los dos reían tras la última mueca de Amadeo, le dio un beso. Poco después llamó Gonzalo desde fuera del seto.
Amadeo llenó la jarra más mal que bien con el agua de la fuente y la llevó dentro del seto donde lavó las manos de Aurora.
– Ya está, vamos fuera.
La niña se resistió cuando Amadeo tiro de su mano para salir, pero después cedió y salieron fuera, al fin y al cabo el suelo del castillo secreto se había convertido en foso de barro. Amadeo hizo las presentaciones. Aurora no dijo nada. Gonzalo se rió.
– ¿Es tu novia?
– No tonto, no es mi novia.
– Ya, por eso no me dejaste entrar antes, ¿verdad? Para daros besos y esas cosas. – El recuerdo del beso ruborizó a Amadeo. La sonrisa de Aurora no ayudó y que después, cuando el motor de un coche hiciera que se abrazara a Amadeo tampoco.
– No te asustes, sólo es un coche. – Gonzalo seguía a lo suyo. – Y tú tranquilo primo que no le diré a la abuela que tienes novia, pero me tienes que dejar entrar en el seto.
– Vale, puedes entrar, pero ten cuidado.
Aurora se sentó en el columpio y Amadeo la empujó delicadamente para que se balanceara. Gonzalo se aburrió pronto del seto y volvió a casa de la abuela, tal vez aún pudiera dormir un poco.
El sol seguiría castigando el pueblo durante unas horas más. Durante ese tiempo nadie saldría a la calle, nadie molestaría a los niños en el parque. Después comenzaría, poco a poco, a volver la vida a la calle a medida que caía la noche. Amadeo seguiría columpiando a Aurora como si apenas hubiera empezado a hacerlo. Entonces, una vecina casual, vería la puerta abierta en casa de la niña y, tras fijarse bien y comprobar que nadie terminaba de entrar o salir, sentiría el deber de buena vecina de comprobar que todo está bien y se acercaría. Vería que no hay luz en el interior y sospecharía que algo no va bien. Llamaría a la madre de Aurora, llamaría con recelo al tío, no encontraría respuesta y entraría. Encendería la luz del pasillo y vería la puerta de las habitaciones abiertas. Volvería a llamar sin obtener respuesta. Avanzaría, llegaría hasta un cuarto donde vería unos pies colgando al borde de una cama de sangre. Gritaría, saldría corriendo y volvería a gritar. Aurora detendría el balanceo y daría un último beso a Amadeo.
----- #relato parte de "Acerca de mí y otras farsas" http://pili.la/eW7HY (descarga gratis)