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39 mujeres asesinadas 2012 en España. Ni una más en la lucha contra esta lacra. Tolerancia Cero contra la violencia de género.

( Tita Redondo / Raquel Folk / Mari Mar Molpeceres / María Claudia Cambi / Norma Curbelo / Saro Hernández González )

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La joven de 14 años que este martes recibió un disparo en la cabeza había escrito un diario para la BBC en 2009. Lea algunos pasajes de su diario.
bbc.co.uk
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Clara Moreno Mediavilla

11 DE OCTUBRE, DÍA INTERNACIONAL DE LAS NIÑAS
Declarado el 19 de diciembre de 2011 por la Asamble General de la ONU para denunciar la pobreza que sufren 900 mi...llones de niñas y la mutilación sexual a la que son sometidas 140 millones de ellas, según datos de ONG Plan quien lo propuso en 2009 a través de Canadá.
62 millones de niñas no van a la escuela y 10 millones son obligadas cada año a casarse antes de cumplir los 12 años.
Este 11 de octubre, es el primer año que se celebra.

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La prostitución no es el oficio más viejo del mundo. Cuando tu pagas, eres cómplice de la esclavitud del Siglo XXI.

(S.H.G)

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Fuente: http://www.m-x.com.mx/xml/pdf/219/20.pdf EMEEQUIS| 12 de abril de 2010

Arrodilladas I
Carlos, Pepe y Fernanda cruzaron la calle
cuando el arribo de la ...noche los abrumó en la
oscuridad de su casa. El mayor, de cinco años
de edad, tomó la mano de sus hermanos y buscó
a la vecina de enfrente. Le pidió un cerillo.
–¿Y su mamá? –preguntó la mujer, acostumbrada a los sollozos de los hijos de Nadia,
pero esa vez, ese 12 de febrero de 2005, estaba absorta cuando vio completamente desnuda a Fernanda, la pequeña de dos años.
–No está –mintió Carlos entre sollozos.
–¡No es cierto! ¡Sí está, está muerta en el baño! –gritó Pepe.
La vecina sintió como si toda la tierra y el polvo de cemento del ejido Santa María Tianguistengo, en Cuautitlán Izcalli, estado de México, se sacudieran. Recordó que, al otro lado de la calle, no había apagadores. Se debían girar los focos colgados del techo de lámina.
Avanzó a la entrada.
–¡Nadia! –gritó.
Silencio. Dio vuelta a la bombilla.
–¡Nadia! –repitió como si el silencio la
sepultara.
Caminó por la sala, súbitamente vacía de
muebles. Miró hacia el baño. Los hijos de Nadia se le enredaron a la vecina en las piernas.
La silueta de la madre apareció. Su sombra, adosada por la lámpara en la pared, mostraba a Nadia hincada, con un cordón tirando de su
cuello hacia el techo.
La vecina se detuvo. Miró alrededor. Su vista topó con un montón de ropa dispersa en el suelo.
Estiró la mano y jaló una camisa de hombre.
Corrió. Corrió con los niños como pudo.
En la calle cubrió a Fernanda con la prenda. Sobre la espalda de la niña, en la camisa, resaltaba una mancha de sangre.

Buscaron a Antonia, madre de Nadia. Vivía a pocas cuadras, al otro lado del límite municipal, en Romero Rubio. También en el estado de México.
Antonia subió al auto. Su esposo manejó.
Temblaban. Llegaron a la casa de su hija. La noche ya era marcada por los destellos azules y rojos de una patrulla apostada a la entrada.
La mujer fue al baño. Se arrodilló para quedar cara a cara con su hija.

–¡Mi niña! –dijo Antonia a Nadia. O a sí
misma. La abrazó. Tomó sus brazos para que
Nadia la abrazara. Imposible. La primera de
sus hijos, de 24 años de edad, era un cuerpo
rígido y helado.
***
Las muertas del estado de México son más, muchas más, que las de Ciudad Juárez. Cadáver por cadáver, las mujeres de algunos municipios del estado de México tienen más razones para temer por sus vidas que en Juárez, la ciudad más violenta del continente.
Ahí están los números. En el estado de México, la Secretaría de Salud del gobierno
federal registró entre 2000 y 2009 la muerte por agresiones de 2 mil 881 mujeres. En ese mismo periodo, en todo el estado de Chihuahua, no sólo en Ciudad Juárez, hubo 843 mujeres asesinadas, tres veces menos.
El gobierno mexiquense ha justificado esta situación con el argumento de su estado es el más poblado de la República, que ahí vive casi 15 por ciento de todos los mexicanos, que no se puede comparar un estado con un municipio.
Pero, nuevamente, ahí están las cifras. En una docena de municipios mexiquenses, el índice de asesinatos de mujeres durante la última década es superior al de Ciudad Juárez (6.4 asesinatos por cada 100 mil mujeres). En tanto que
en 107 de los 125 municipios del estado la tasa de asesinatos es mayor que la media nacional (2.4 muertes por cada 100 mil mujeres).

El estado de México se ha ganado a pulso estar considerado como uno de los principales lugares del país con mayor violencia contra las mujeres, en que se “expresa la discriminación y la misoginia y la falta de procuración y administración de justicia”.

Para María de la Luz Estrada Mendoza, coordinadora del Observatorio Ciudadano
Nacional del Feminicidio, el mensaje enviado es claro: “En ese estado se puede asesinar una mujer al amparo de la impunidad”.
En la lista de lugares en el que la violencia hacia las mujeres es muy alta también ese encuentran Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas, Baja California y Chiapas.
En el estado de México la violencia no está focalizada. Se asesinan mujeres en la tierra caliente del sur o en el árido norte de la entidad, en los límites con Michoacán o con el Distrito Federal, en municipios industrializados y prósperos o en los rurales, en los diminutos y en los gigantescos.
El ansia de matar mujeres lo cubre todo: durante la última década sólo hubo dos de 125 municipios en los que la violencia no se extendió.

✱✱✱
Tortillas a mano

La noche del domingo 5 de agosto de 1979 nació la primera de los cinco hijos de Antonia.
No hubo médico esa noche. Fue recibida por un pasante y su padre, Rafael, en una clínica solitaria de Atizapán. Nadia, resolvió llamarla su madre, maravillada por las piruetas de la gimnasta Nadia Comaneci, pero con los apellidos Muciño Márquez.
La niña creció sana. Fue también la primera nieta. No había nada más que ella en el mundo.
Prefería el color morado.
Hizo examen de admisión al magisterio. No lo logró. Se recibió como técnica programadora analista. Tenía planes de reintentar el ingreso a la universidad y ser maestra de kínder. Amaba a los niños pequeños. Su primer empleo, a los 15 años, fue como niñera. Le gustaba la música grupera. Soñaba con Los Temerarios.
Era bordadora, como Antonia. Hacían vestidos de coctel, 15 años y bodas, a los que adornaban con cuentas de chaquira y perlas.
Bernardo López Gutiérrez trabajó desde niño. Luego se hizo conductor de microbús.
Manejaba un camión de propiedad familiar de la Ruta 22, que corre del Toreo de Cuatro Caminos a Cuautitlán Izcalli. Nadia iba a la escuela, en el centro del DF, y subía al camión en la esquina de su casa. Ahí, en el transporte, conoció y se enamoró de Bernardo.
El desencanto de Antonia fue inmediato, desde la primera tarde en que el joven se anunció, a media cuadra de la casa, con un silbido.
Nadia corrió hacia él. Cuando al fin pasó por la puerta, lo hizo con una caguama casi vacía en la mano. “No la quiere”, pensó la madre y emprendió una campaña en contra de quien sería luego su yerno. Perdió.
A los tres meses, Bernardo se apersonó con su madre y su hermano Isidro, al que llaman El Matute.
–Nadia se viene a vivir conmigo –dijo
Bernardo.
–¿Cómo así? –reparó Antonia, embarazada
entonces de su último hijo.
–Déjame vivir mi vida, yo me voy –saltó
Nadia.
–¡No te vas! –gritó Antonia a su hija y miró
a Bernardo–. Si la quieres bien, haz las cosas
bien, cásense –le dijo.
–¡No, yo no me quiero casar! –resolvió
Nadia, tomó sus cosas y dejó a sus padres con
la boca abierta.
Pero el desencanto de Nadia también fue
inmediato. A las pocas semanas, regresó con
los brazos y los muslos amoratados y la explicación de que fue castigada por ignorar cómo
se hacen tortillas a mano.

✱✱✱
¿Por qué los hombres matan a las mujeres por
ser mujeres? ¿Cómo son las muertas y sus asesinos? ¿Existen diferencias entre los homicidios
ocurridos en el estado de México, Chihuahua
o el sur del país?
Para Jimena Valdés Figueroa, sí.
Valdés es investigadora y coautora, junto con Nelson Arteaga, de un estudio basado en el análisis de 121 averiguaciones de homicidios contra mujeres registrados entre 2005 y 2007, catalogados por la propia Procuraduría del
Estado de México como dolosos.
El resultado fue el informe “¿Qué hay detrás de los feminicidios?”, elaborado en la Universidad Autónoma del Estado de México. El texto ganó el Premio Iberoamericano de Ciencias
Sociales 2009.
La disección de los casos es precisa: 51 por ciento de las víctimas tenía entre 16 y 40 años de edad. La mayoría tenía algún tipo de relación de pareja e hijos. Casi la totalidad vivía en la economía informal.
Gran parte residía en zonas de reciente urbanización o en proceso de consolidación
urbana. La mayoría habitaba pequeñas viviendas y no pocas lo hacían en condiciones de hacinamiento. Apenas concluyeron la primaria.
Sólo tres de cada 100 de las mujeres asesinadas cursaron la licenciatura.
El perfil social de sus asesinos no es muy distante. Tampoco el espacio habitado. Con frecuencia compartieron barrio, colonia o vecindario.
Un dato más sobre cómo las mujeres asesinadas en el Estado de México dejan de ser personas y son entendidas sólo como objetos desechables por sus homicidas: 53 por ciento de los cadáveres son abandonados en casas vacías u hoteles, arrojados en baldíos, canales de aguas negras, en la calle.

✱✱✱
“¿Pues qué le hizo su hija”
Bernardo levantó su casa en un terreno de su familia. Los tres cuartos se convirtieron en recámara, sala, cocina y baño. Al año de la unión con Nadia, nació Carlos. No paraba de llorar. Bernardo estallaba a cada chillido. No dudó en castigarlo en la misma cuna y a su madre aprovechando el momento. Su cinturón
se deslizaba por las presillas al menos una vez por semana para azotar la hebilla en el cuerpo de su mujer.

Nadia tuvo dos embarazos más casi consecutivos que Bernardo pasó alcoholizado.
Dejó de trabajar y el dinero escaseó. Ella regresaba a la casa de su madre a escondidas para desayunar y comer con sus tres niños.
También tenía prohibido trabajar, incluso en casa. Cuando Bernardo descubría el bordado de algún vestido, rompía el bastidor y luego la golpeaba.
Ella abandonó los pantalones ajustados de mezclilla y las blusas descubiertas de los hombros. Comenzó a vestir sólo de pants y con las playeras de su esposo. Subió de peso. A la vez, el acoso sexual de Isidro El Matute, hermano de Bernardo, se intensificó, propiciado por las ausencias cada vez más prolongadas del chofer.
Cuando trabajaba, lo hacía de las cuatro a 11 de la mañana. Desaparecía el resto del día.

Otro hermano de su marido, Filiberto, estableció una buena relación con Nadia. En
2002, los cuñados convinieron en internar a Bernardo en una granja para alcohólicos.
El hombre sospechó. Tomó un cuchillo de la cocina y se lanzó contra su mujer. Pero estaba demasiado ebrio. Nadia presentó la denuncia por intento de homicidio. Nada pasó. Y Nadia regresó con él.
Al año siguiente, Nadia obtuvo permiso de trabajar. Se empleó como cajera en una tienda de ropa en Tacuba, cerca del metro Allende.
Encargaba a sus hijos con la abuela Antonia, y regresaba por ellos en la tarde. En mayo de ese año desapareció. Era 2003.

Bernardo fue a casa de sus suegros por la Bernardo, el homidica, a la extrema izquierda; Nadie Muciño, a la extrema derecha, en la fiesta de un matrimonio amigo.
noche. Tenía un gesto parecido al de la preocupación. Preguntó por Nadia. Se hizo de mañana sin que ella regresara. Antonia preguntó por su hija en el trabajo. La habían visto subir al tren de regreso. Avisó a la autoridad de la desaparición. Recorrió hospitales de la Cruz Roja, civiles, ministerios públicos. Se apretó las manos y entró a las morgues. Bernardo la acompañó.
Antonia sacó copias de la fotografía de su hija y las pegó en cuanto poste y parada de camión pudo. Bernardo decía que iba a otras agencias, que pegaba el volante de su pareja en las bases de camiones.
A la semana timbró el teléfono de Antonia.
–Estoy en Puebla. Bernardo me tuvo secuestrada. Lo encontré acostado con su sobrina. Entonces me pateó. Tengo una costilla rota. Me encerró en una casa en obra negra y vacía. Me sacó y me dio 800 pesos para que
desapareciera. Si me ve, matará a Carlitos.
Fueron nuevamente al Ministerio Público.
Otra vez los judiciales y sus dudas: “¿Pues qué
le hizo su hija”. Otra vez el médico legista y
su mirada aburrida, acostumbrada, sobre los
moretones. Otra denuncia, esta vez por lesiones
y secuestro. No pasó nada. A los pocos meses
Nadia regresó, por última vez.

✱✱✱
No todos los feminicidios son iguales. A esta conclusión llegaron Jimena Valdés y Nelson Arteaga. Y a partir del análisis de las averiguaciones previas, construyeron una tipología.
Cada clasificación es ejemplificada con un caso tomado de los expedientes.
1. Posesión. En 31 por ciento de los casos, los hombres pretenden infligir dolor al cuerpo de la mujer. El objetivo es suprimir la resistencia de la víctima, en cuyo cuerpo el asesino deposita su idea de poder. La violencia es causada por individuos, bandas, pandillas o grupos de personas conocidos por las mujeres.
Es el caso de una mujer de 70 años, sordomuda, sin familia, indigente del centro de
un municipio mexiquense. La única relación conocida con un hombre fue años atrás, cuando éste la violó y embarazó.
En su barrio, un grupo de hombres bebió durante todo el día. La vieron pasar. Enloquecieron. Uno de ellos cuidó la esquina. Otro sujetó sus manos. La violaron con distintos objetos.
2. Pasional. El homicida busca anular la subjetividad sentimental de la víctima. El odio es desatado cuando las mujeres asumen su independencia y capacidad de decisión en una relación amorosa. Guiado por el despecho, el asesino está urgido de demostrar su existencia varonil. A esta clasificación corresponde 16
por ciento de los casos.

Un hombre bebió dos litros de pulque y tuvo
estómago para otro más de aguardiente. Debió
concentrarse en colocar un pie delante del otro
para caminar y así, a tumbos, llevó su cuerpo a
la casa de su pretendida y el hijo de ella.
–Quiero hacer el amor contigo –dijo en
medio del vapor de pulque.
La mujer se negó. Él enloqueció y la violó.
–¿Estás contento violándome? ¡Pinche
drogadicto, alcohólico! ¡Apestas! A quien yo
quiero es al papá de mi hijo –habría dicho ella
mientras era abusada. Al menos es lo que él
recordó escuchar.

La ira desbordó al hombre. La golpeó hasta
dejarla inconsciente. Buscó en el baño y tomó el
tubo de pasta dental. Escribió en la pared: “Eres
mía, si no me quieres, no serás de nadie”.
–¡Te voy a denunciar! –gritó apenas despertó.
El hombre fue a la alacena. Encontró un
cuchillo y corrió hacia la mujer. Se paró detrás
de ella y le asestó un golpe en el cuello con el
filo. Otro. La mujer aún se resistía. Uno más.
Cuatro. Cinco. Silencio al fin. No. Escuchó el
llanto del niño. Temió. Fue por él y lo sujetó
como a su madre. Pasó dos veces la hoja por
el cuello del pequeño.

3. Intrafamiliar. Dieciséis por ciento de las asesinadas han muerto a manos de sus parejas o ex parejas tras largos procesos de abusos y vejaciones. La amenaza no pesa sólo sobre las mujeres, sino también sobre sus hijos.

Una niña de dos años y cuatro meses fue
golpeada todos los días del resto de su vida por
su padrastro, apenas dos semanas después de
que el hombre se instalara en su casa. La tortura adquirió especialización. En una ocasión, después de que el hombre obligó a su novia a tener un encuentro sexual, encendió un cigarrillo, levantó la blusa de la niña y oprimió la brasa en cuatro ocasiones contra su abdomen.
El hombre propuso a su madre dos alternativas para que cesaran las golpizas a la niña: “regalarla o venderla”. Ella juraría a las autoridades que intentó abandonarlo. Pero él amenazó con matar a su hija. Fue convincente.
Tomó un machete y lo meció sobre la cabeza
de la menor. Su madre quiso salvarla, pero él
alcanzó a golpear su cuello. La mujer argumentó que no tenía más opción que cuidar, en la misma casa, la recuperación de la nena. La bañó al día siguiente.
–¡Ya está grandecita, puede hacerlo ella sola! –bramó él y la arrojó al suelo. La pateo hasta dejarla inconsciente. Al día siguiente, la niña no despertó. Sólo respiraba agitada. Su madre decidió llevarla al hospital. Fue inútil.

4. Explotación sexual. La muerte también
ronda en los prostíbulos y tables dances, multiplicados durante los últimos años en la zona
conurbada del estado de México con el DF. Los
asesinatos parecen tomar la misma sintonía de
relegar el cuerpo de las mujeres a la condición
de cosas. Es el tipo más desapercibido.
Una mujer se empleó como mesera en dos
bares y se convirtió en prostituta de ocasión.
Entabló amistad con uno de los clientes, también avecindado en la zona en la que ella vivía.
Antes de morir, envió mensajes por su teléfono
celular a sus compañeros de trabajo. “Ayuda. Me van a matar”, escribió. Tenía razón.
Su cuerpo apareció dos días después con tres
disparos en la cabeza en un cuarto de hotel
cercano a su trabajo.
✱✱✱
Arrodilladas (segunda parte)
Isidro, El Matute, regresó a casa de Carlos, Pepe
y Fernanda el jueves 12 de febrero de 2005. Lo
vieron sentarse en la sala: pequeño, delgado,
blanco, de cabello hasta los hombros, los ojos
rasgados, la nariz respingada, la barba de candado, su tatuaje azul en el brazo. Los niños lo
conocían perfectamente. Era el hombre que,
cuando su padre no estaba, se acercaba a chiflarle a su madre. Pero esa tarde también estaba
Bernardo. Los niños se sentaron frente a la
televisión y los adultos frente unas cervezas.
Pepe, el segundo de los hijos de Nadia, describió, a sus cuatro años, el resto:
“El día que mi mamá se murió y se fue al
cielo, mi papá Berna y Matute metieron a mi
mamá a la cisterna. Matute es bien malo y yo
chillaba y gritaba y mi mamá le pegaba en el
estómago. Vi que El Matute le puso un lazo en el
cuello a mi mamá y ella lloraba y mi papá había
tomado cerveza y mi mamá lloraba. Luego mi
papá se fue bien lejos y nos dejó solos…”.
Complementaría el mayor, Carlos, de cinco
años:
“Empezaron a tomar cerveza. Luego mi
papá y Matute echaron a mi mamá a la cisterna
y ella decía que la sacaran, que la dejaran en
paz. La sacaron y la llevaron al baño. Mi papá
agarró un lazo, lo amarró y lo pasó por un tubo.
Después Matute subió a mi mamá a una cubeta
y le puso la cuerda a mi mamá en el cuello y
mi papá quitó la cubeta. Luego se fueron. Mis
hermanos y yo fuimos con la vecina a pedirle
cerillos. Preguntó por mi mamá. Le dijimos
que estaba ahí, colgada”.

En el dictamen del peritaje psiquiátrico
practicado a los niños, el especialista aseguró
que, a esa edad, ambos eran “completamente capaces de relatar con veracidad un hecho
sucedido en su presencia”.
✱✱✱
La diputada federal Teresa Incháustegui, presidenta de la comisión legislativa que da seguimiento a los feminicidios en el país, también
hace anotaciones:
“Los homicidios de pareja pueden ocurrir
en el estado de México, como sucedió en Juárez,
por el hecho del crecimiento de la independencia económica de más mujeres. Puede darse el
caso de que algunas mujeres, sobre todo en la
periferia, tengan más oportunidades que sus
compañeros hombres para acceder a recursos
económicos o empleo”.
Ex funcionaria del Instituto Nacional de las
Mujeres y catedrática de El Colegio de México
en asuntos de género, observa que los hombres
tienen conflictos frente al protagonismo económico de las mujeres. Este reacomodo gesta
conflictos relacionados con el sentimiento de
revancha masculina. “Es una forma de castigo
para las mujeres que trasgreden las formas
tradicionales”.
Un aspecto más favorece la violencia contra
las mujeres mexiquenses. Viven, dice la diputada federal, en uno de los estados con mayor
desigualdad económica y social del país. Y los
márgenes de desigualdad afectan más a las
mujeres. Para Incháustegui, la desigualdad
económica también se traduce en violencia
de género. “Una mujer pobre de Ecatepec está
aún más desvalida ante el derecho que cualquiera otra”.
En las zonas marginadas no existe alumbrado público, ni policía de proximidad –aunque en
algunos casos los policías son los abusadores y
asesinos–, el transporte público es anárquico,
existen amplios baldíos.
Todo esto crea escenarios propicios para
favorecer la violencia contra las mujeres. “¿Qué
piensa hacer el señor Peña Nieto ante este problema en su estado? Hasta donde yo sé, nada”,
cuestiona Incháustegui.
“En equidad de género, el Estado de México
es tremendamente conservador. Las formas de
la vieja política, de hace 30 o 40 años, permanecen muy activas.
“Peña Nieto es un producto de esa sociedad, de ese entorno. El que mujeres, actrices y rostros conocidos, sean el rostro de su
administración resulta muy manipulante y
producido. Toda propuesta se agota en la estrategia televisiva”.
Los muebles quemados
Antonia abrazó a su hija muerta, completamente rígida. Debajo de la soga había además
un cable eléctrico de color café de 40 centí-
metros y una agujeta. La autopsia reveló no
un surco en la garganta de Nadia, sino dos de
distintos grosores y profundidades. Pero lo
más desconcertante era que Nadia no murió
suspendida como los suicidas quedan, sino
hincada. Tenía raspones en los nudillos de las
manos y sangre en la boca que presumían que
hubo una pelea antes de fallecer.
Llegó Bernardo. No entró a la casa. Al poco
tiempo se apersonaron dos hombres cercanos a
la familia de éste: Donato Zamora, líder de comerciantes y ex diputado, y Alejandro Zamora
Cid, director del organismo operador de agua
de Nicolás Romero. Ambos son abogados.
El agente del ministerio público, el médico
legista y el perito aparecieron hasta la medianoche. Entraron a la casa junto con Alejandro
Zamora.
–No te preocupes, todo saldrá bien –dijo
el perito a Zamora Cid, según escuchó Antonia.
El perito fotografió a Nadia y el baño. El
médico retiró el cordón, el cable y la agujeta.
Sacaron a Antonia del baño para poder manipular el cadáver. Entonces vino la cascada de
supuestos “errores humanos”.
Los funcionarios olvidaron en el lugar la
cuerda y el cable de luz. El perito nunca reparó
en que un mechón de cabello de la muchacha
estaba atrapado en el nudo del lazo, como si
ella se lo hubiera colocado y anudado con las
manos atrás y arriba de su cabeza.
No atendieron la desaparición de la sala ni
fotografiaron los roperos volcados, el desorden y las cosas tiradas en el suelo. No tomaron
huellas dactilares. Nunca se encontró carta
póstuma.
Ni siquiera existe claridad de la hora en
que ocurrió la muerte de la muchacha. Tras
la autopsia, el forense informó que ocurrió
entre nueve y diez de la mañana. Pero en el acta
médica reportó que Nadia había fallecido “en
un lapso no mayor a cinco horas y no menor
a tres del momento de su intervención”. La
familia se enteró del deceso cerca de las seis
de la tarde, cuando la joven ya estaba completamente rígida, y el médico intervino después
de la medianoche.
En la segunda inspección de la casa, no importó que se hubieran cambiado cerraduras después de la muerte. Ni que después aparecieran
incendiados, junto a la vivienda, los muebles
de la sala. No sólo faltaban el sillón y el sofá.

También saquearon documentos, fotografías,
colchones y ropa. En el revoltijo de telas y cenizas
apareció, a medio quemar, la soga.
Tampoco se atendió el hallazgo de sangre
en el lavadero. Cuando esto se hizo notar, las
autoridades dijeron, sin que siquiera se hubiese
tomado muestra, que se trataba de sangrado
menstrual de Nadia. Pero esto no fue consignado
ni por el médico forense ni por el perito en la fe
de ropas de la muchacha. Ni se analizó la sangre
en la camisa con que se cubrió la desnudez de
la niña.
La hipótesis es que, durante el asesinato,
Bernardo cortó la soga e hirió accidentalmente a
su hermano. El Matute trajo una mano vendada,
pero a ninguna autoridad le llamó la atención
este hecho.
La averiguación por el secuestro de que
Nadia había sido objeto desapareció. Ni por este
asunto ni por el intento de homicidio previo,
Bernardo dio siquiera alguna explicación a la
policía. Para el esclarecimiento de su homicidio, las denuncias fueron irrelevantes para la
autoridad del Estado de México.

No fue tema la desaparición de Bernardo,
a quien después de pasar por el ministerio pú-
blico Antonia ni la policía han vuelto a ver. Ni
se presentó en el sepelio de su mujer.
Se ignoró que Pepe, el hijo de Nadia,
despertara cada noche con su propio aullido: “¡No, no…! ¡Bernardo está matando a mi
mamá!”, para luego guarecerse horas debajo
de la cama.

La Procuraduría de Justicia del Estado de
México resolvió que Nadia se suicidó.
✱✱✱

Flama en el viento
El caso de Nadia se estancó de inmediato.
Antonia tocó puertas. Exigió respuestas tres
veces por semana al ministerio público local.

Buscó ser atendida por un subprocurador, que
nunca le abrió la puerta. Hasta ese momento
desconocía el dictamen de suicidio. No le permitían ver el expediente. Recorrió oficinas de
organizaciones no gubernamentales. Fue a la
Procuraduría General de la República. Envió
una carta a Martha Sahagún, esposa del entonces presidente Vicente Fox.
La insistencia de Antonia redituó. El ministerio público consignó el expediente y un
juez otorgó la orden de aprehensión contra
Bernardo e Isidro por homicidio doloso. El
Matute se entregó y presentó 13 testigos que
soportaron una coartada. “Yo nunca tuve trato
con Nadia. Ni siquiera iba a su casa”, declaró.
Fue sentenciado el 8 de octubre de 2009 a 42
años y seis meses de prisión por el homicidio
calificado –ventaja y traición– de Nadia Alejandra Muciño Márquez.
Pero la justicia mexiquense es una flama en
el viento. Después de seis años de peritajes que
prueban los errores intencionales o involuntarios del ministerio público y de los testimonios
directos y confiables de los niños, la Primera
Sala Colegiada Penal de Tlalnepantla revocó la
sentencia condenatoria de El Matute y regresó
a la tesis del suicidio.
El 5 de febrero de 2010 ordenó su “inmediata y absoluta libertad”. Bernardo sigue
prófugo.

Arrodilladas (tercera parte)
Carlos y Pepe han mejorado tras años en terapia psicológica y meses de medicamento
psiquiátrico. Los niños de Nadia son ahora los
hijos de Antonia. La mujer contiene el llanto
cuando habla de su hija. Traga saliva y extiende
en la sala de su casa las fotografías de su niña
arrodillada, muerta. Se hizo vehemente lectora
de libros de criminalística.
La mujer no descansa. “Mi hija tampoco”. Tras la liberación de El Matute, recargó
energías. Regresó a la Cámara de Diputados,
a las organizaciones sociales de protección a
la mujer, a los ministerios públicos.
“Estoy más enojada con las autoridades
que con los asesinos de mi hija”, dice sin gesto,
sin cambiar la modulación de su voz suave y
baja.
Apoyada por el Observatorio Ciudadano
Nacional del Feminicidio, prepara el amparo
contra la determinación de los magistrados
del Estado de México de la inexistencia del
homicidio.
Sería el último recurso legal disponible
en México. La siguiente opción sería la Corte
Interamericana de Derechos Humanos.
Antonia no deja de ir al panteón civil en
que está enterrada Nadia. Cada 10 de mayo
sube por las laderas de cruces desde las que
se ve la ciudad. Todo es color cemento. Lleva
a los niños de Nadia. Alguno toma un cerillo y
prende una nueva veladora. Frente a la tumba,
Carlos, Pepe y Fernanda repiten el baile que
hicieran en el festejo del Día de la Madre.
“Sin justicia”, suelta Antonia, “siento que a
mi hija no la han dejado de asesinar. Que sigue
ahí, en el baño, arrodillada”. ¶

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La reina de las reinas del pop cumple 54 años

Nació en Bay City, Michigan (EU) en 1958, y dejó de ser la niña de la casa tras perder a su madre por un cáncer de... mama, ya que su padre volvió a casarse y tuvo dos hijos más, Jennifer y Mario, lo que impulsó una rebeldía que no perdería con los años.

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Para los mexicanos fue una estrella , para Costa Rica, la tierra que la vio nacer , un dilema
Paz a sus restos.

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